Este es un pedacito de Cuba, emblemático y no por eso menos afectado que el resto, dada la política hostil de Estados Unidos contra la isla que, en este mes, llegó al límite de máxima presión.
Es el Malecón habanero el 29 de mayo de 2026. Sobrecoge el paisaje, mas alienta e inspira.

Mayo casi se acaba. Por fin. Digo esto último porque hace tiempo, cualquiera de sus días ha llegado con noticias tristes, una suerte de golpes brutales, en contraste con el brote de las flores.
Aquí, bajo el cielo más callado del mundo, recuerdo que un mayo, hace cinco años, mi madre dejó de caminar para siempre. Vive. Pero a ella le falta el pie derecho y, por su edad, una cama minúscula es el mundo donde abraza a los hijos y nietos que estamos acá, y donde manda besos y dice adiós por videollamadas a los que están lejos, no importan las imágenes borrosas, congeladas por internet, que es un asomo, y nada más. A mi madre la amputaron por la diabetes y porque requería una dieta imposible en Cuba.
Ahora el aire limpio del mar me da de frente y recuerdo a Rafael, que no cumplió su palabra luego de arrancar la moto con la promesa de traer sus regalos porque era el Día de las Madres. Él tenía la edad de Cristo, se ponía feliz con el primer trago, y se movía sobre neumáticos «lisos»: una sentencia de muerte para quien manejaba bajo la lluvia.
Tengo el color ceniza del Morro pegado en los ojos. Y eso me devuelve la tarde en que la voz del colega Bernardo Espinosa paralizó la redacción donde yo trabajaba: «se desconoce si hay sobrevivientes», dijo, mientras la televisión rodaba imágenes del siniestro. Era el 18 de mayo de 2018: un Boeing 737-200, de 39 años de explotación, cubría la ruta La Habana-Holguín y se cayó casi al despegar. La nave había sido arrendada en el extranjero por Cubana de Aviación para aliviar la crisis del transporte aéreo de pasajeros. Cuba se ahogaba en llanto por esos días: 112 vidas apagadas, entre ellas la de Israel Gálvez, un amigo consagrado a la cultura en la Isla de la Juventud.
Pienso igual en el viejo Chales Urquiza. Lo venció un cáncer, de hoy para mañana, hace unos días. Se sentía mal. Nunca fue al médico, hasta que no pudo más: él amaba más al periodismo que al dinero, pero no ir a trabajar significaba que los suyos comieran menos.
Podría contar más. Sin embargo, hay otras cuestiones de alcance actual dando vueltas en la mente. Igual que las vivencias antes descritas, lo que está pasando en Cuba es obra del mismo adversario que, hace casi siete décadas, somete a la miseria a un pueblo entero, llevando ahora mismo esa política al límite más aberrante.
Como se conoce, en este mes, además de sanciones económicas y presiones diplomáticas, se habla de una posible agresión militar: «la suerte está echada», dicen algunos compatriotas; mientras Thiago, que tiene cinco años, sabe cuál es el lugar de su casa donde deberá esconderse si vienen las bombas. Me lo enseña y sigue comiendo galleticas.
Tanto dolor se agrupa… La confabulación mediática dice que solo falta la orden de Donald Trump. Leo casi todo, y en una parte de mi cabeza está la imagen de un presidente loco sobre un tablero deshojando margaritas; y en otra, Cuba: según denunció recientemente el canciller Bruno Rodríguez Parrilla, la tasa de mortalidad infantil creció de 4 a 9,2 por cada mil nacidos vivos, y la expectativa de vida en niños con cáncer se redujo de un 85 % a un 65 %. La educación también está en riesgo, alertó recientemente la directora de la Oficina Regional de la Unesco en La Habana y representante de la Organización en el país, Anne Lemaistre. Todo derivado del cerco energético.

Mi problema con mayo debe ser eso que llamamos «cosas de la gente», y es irremediable. Pero veo con optimismo terco la parte positiva que, como lo malo, existe y tiene una fuerza mayor: la gente, su espiritualidad y gallardía.
Un ejemplo: desde el 15 de mayo último está disponible en internet el videoclip «Sueño con serpientes»: Silvio Rodríguez y Chico Buarque, dos juglares, unieron sus voces para donar las ganancias a la Sala de Pediatría del Instituto Nacional de Oncología. Pido a todo en lo que creo que las interacciones crezcan y crezcan hasta que puedan llenarse de medicinas las vitrinas vacías de ese recinto de salud.
Otra hazaña bajo presión, amenazas y poca luz habla de grandeza: nuestros científicos tienen ya el HEBERSaVax, un candidato vacunal único en el mundo contra tumores sólidos, un mecanismo brillante que corta el flujo sanguíneo al tumor y activa las defensas del paciente para que su propio sistema inmunitario lo destruya. Promete salvar muchas vidas.
Y una última buena de mayo, acaso la más importante: frente a las acusaciones a dirigentes cubanos, ante el despliegue militar en nuestra área geográfica y el endurecimiento del discurso, la mayor de las Antillas responde en la ONU, en los medios adversarios y en el terreno diplomático. El mundo lo está viendo. Es una respuesta activa, con el mensaje de que Cuba está abierta al diálogo y no va a ponerse de rodillas.
El panorama es complejo, conmueve el paisaje, pero no es el fin: en el Malecón hay jóvenes con la risa intacta, y unos músicos se apresuran pegados al muro con sus instrumentos a cuestas. No pueden llegar tarde porque van a tocar, y puede que una clave de sol a tiempo alivie la sed, mate el hambre, salve…


Ahora hay nubes bajas y se esconde el sol anunciando un aguacero más. Yo cierro la sombrilla, camino, oigo lejos la canción del momento, y me vuelvo a alegrar —cosas de la gente— de que a mayo le quede un tin.