Remar a contracorriente: la lección viva de Cajobabo
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Cajobabo es una actitud ante la historia: la de llegar a tiempo, aunque sangren las ampollas y el mar se funda con la lluvia, aunque el enemigo tenga armas inteligentes y acá haya solo un bote pequeño y seis corazones multiplicados.
Y mientras toca, las cuerdas vibran y el viento esparce la melodía. No hay ejército que detenga una nota bien puesta. No hay bomba que borre un acorde que ya recorrió el mundo.
Sucede que la memoria es, también, ser fieles a lo que fuimos ayer. Y a los que se fueron. Por eso lloro no solo a Ernesto, sino al Pasteur de Teherán: porque en sus paredes masacradas quedó también un pedazo de nuestra resistencia, de aquel abril en que el oxígeno no alcanzó, pero la ciencia y la solidaridad, por un tiempo, sí.
Sin combustible, la vida se detiene. Lo saben los enemigos, pero también lo saben los amigos. Por eso, mientras algunos escriben sentencias con tinta de indiferencia, otros se juegan el pellejo en el mar. Rompen el cerco. Surcan el odio. Y llegan. Siempre llegan.