No se sabe cuándo Thiago Ávila volverá a sonreír del modo que lo hizo aquellos días de paso por Cuba para traer ayuda humanitaria. Cuesta ver las imágenes de este joven brasileño durante su reciente estancia en la Isla y saberlo ahora prisionero del sionismo.

Son dos circunstancias: el contraste entre una y otra es un abismo. ¿Recordará los abrazos compartidos en Cuba? ¿Pensará en la Flotilla Global Sumud? ¿Si otros de sus integrantes pudieron tocar tierra gazatí para repartir agua y aliento a niños del tamaño de su Teresa? ¿Pensará Thiago en su madre?
Obviamente. Ya se sabe que en las prisiones la mente es una suerte de torbellino. También que las rejas son frías y terribles; pero detrás guardan gestas.
Antes, él cantaba canciones para dormir a su pequeña. Ahora es otro tiempo y otro espacio, resultado de su compromiso con los pobres y oprimidos del mundo. No hay guitarras en la prisión de Shikma, en Ashkelon. Solo el zumbido de los ventiladores del sistema de seguridad israelí y el eco de los pasos de los guardias.
Pero Thiago Ávila, activista de 30 años, construyó un puente entre él y su hija Teresa —que tiene dos años y se llama igual que la abuela paterna— para cantarle la canción más difícil: la de la ausencia.

«Siento mucho no estar en casa contigo ahora», comienza la carta que dictó a su abogado. Es la declaración de un padre que escogió el deber del arrullo cotidiano, entre masacres y abusos.
Mientras Teresa espera en Brasil, Thiago escribe con la convicción de quien ha visto el horror: «Hoy, más de un millón de niños están sufriendo un genocidio, siendo llevados a la muerte por el hambre, siendo amputados sin anestesia».
Su arresto ocurrió en aguas internacionales. La flotilla en la que viajaba con el hispano-palestino Saif Abukeshek fue interceptada por el Ejército israelí antes de llegar a Gaza.
Desde entonces, Thiago está incomunicado y sometido, según denuncia su esposa, la psicóloga Lara Souza, a «torturas psicológicas». Le mostraron fotos de su familia para insinuar que podían hacerles daño, y le dijeron que lo mantendrían preso más de 100 años.
Pero en la carta a Teresa hay ternura. «Tu mundo será más seguro porque muchos padres decidieron darlo todo para construir ese mundo mejor para ti». Thiago sabe que su hija es pequeña, que tal vez no recuerde ahora su guitarra, pero le deja una instrucción que es también un legado: «Por favor, ¡no olvides Palestina!».
Afuera, la esposa pide protección al Gobierno brasileño y a la Policía Federal. Evita salir de casa. No recibe visitas. Sabe que la amenaza es también una sombra sobre ella y toda la familia.
Mientras tanto, acaso, Thiago piensa también en su madre, Teresa Regina de Ávila e Silva, y firma su carta con una posdata: «Salvando las diferencias, me acordé mucho del Che».
En Ashkelon, escribe para que, cuando Teresa crezca, entienda que el amor más grande es aquel que enfrenta a los poderosos para salvar niños como los que él quiso salvar.
Y allá, en un punto cerrado de Palestina ocupada, el hijo llora la muerte de su madre ocurrida este 5 de mayo y, acaso, espera un bolígrafo prestado para darle adiós.
No se sabe si él volverá a sonreír, así, como en Cuba. Propongo batallar por ello. Aquí está la palabra empeñada por nuestro presidente, Miguel Díaz-Canel: «Estaremos luchando (…) también por la liberación de Thiago».
Conservar la ternura en tiempos de odios y genocidios es el acto más revolucionario de todos.