Hace 66 años el terror estremeció La Habana. Era la tarde del 4 de marzo de 1960, un viernes casi primaveral desbordado de vida en uno de los muelles del puerto capitalino.
Allí, sobre el descanso de un buque, había premura entre los obreros que movían el cargamento. Imperaba el ruido de las grúas y los vehículos que iban y venían.
Nadie imaginaba que cuando uno de los portuarios extendiera las manos para extraer aquella caja de granadas de la estiba con ella desataría la furia de la muerte en una magnitud ignorada para los cubanos hasta entonces.

Cuentan que fue solo un instante, el tiempo preciso en que el reloj marcaba las 3 y 10 de la tarde: la primera explosión en la bodega del vapor «La Coubre» fue una llamarada que enseguida se convirtió en una espesa nube negra con olor a pólvora y sangre.
Luego, madres en busca de sus hijos, ambulancias, hospitales, bomberos, policías, y una actualización de heridos y muertos que creció de manera horrorosa. Y, pasados unos 35 minutos, otra explosión en el interior de la nave concretó el objetivo de quienes idearon la masacre.
El saldo no pudo ser más doloroso para el pueblo cubano: 101 muertos, de ellos, seis marines franceses, y 33 personas desaparecidas. Fueron más de 400 las personas heridas, y más de 80 quienes quedaron huérfanos.

Algunos aún se refieren a los hechos como un enigma, otros especulan… Pero la mayoría en este mundo conoce quién fue el responsable: la Agencia Central de Inteligencia (CIA). La nación antillana comenzaba a pagar el precio de su libertad e independencia.
El vapor «La Coubre» traía a Cuba armas para defenderse, dado el caso que fuera necesario; mas el imperialismo yanqui suele ser implacable con los pueblos que no se ponen de rodillas; y el hecho marcó el preámbulo de una escalada de actos terroristas que ha cobrado más de 3 478 vidas hasta hoy. Mañana no se sabe.
En medio del caos del mundo, este pueblo mantiene su postura de ¡Patria o Muerte!, adoptada a raíz del repudiable suceso que, a la vuelta de 66 años, perece que fue ayer.