Cae la tarde. Otro día que se va. Uno menos en vida de todos, pero casi nadie saca la cuenta. Las personas esperan, aunque no saben qué exactamente. Acaso aguardan por las horas aún no vividas porque, va, y llegan con algo nuevo.
Cuando cae la tarde, el calor sube y se está mejor al aire libre. Por eso muchos niños salen: juegan o se sientan, sin disimular los anhelos, a mirar pasar las motos llenas de luces, y los adultos conversan, sonríen, piensan, venden, compran…



Algunos, los más golpeados por los años y la realidad, exponen hasta las lágrimas, pues a estas alturas del verano en La Habana, el pudor de llorar puertas adentro es un lujo.
El Sistema Eléctrico Nacional (SEN) se volvió a desconectar ayer. Hoy, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas fue escenario de una sesión de urgencia convocada por Cuba para denunciar el cerco energético del Gobierno de Estados Unidos contra la isla.
Puede que haya quienes no sepan que se cayó el SEN porque viven días, tardes y noches sin corriente y «las quemaduras, cuando son profundas, no duelen», dicen. Puede que no sepan que hoy, en Nueva York, se habló en nombre de ellos.

Y es que las noticias también se han vuelto una suerte de privilegio. Para mí, no hay de otra que hacerse a la calle a pescar internet. Por eso sé que la intervención del canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla tuvo, este 7 de julio, el tono más duro de los últimos años, acorde con el discurso cínico y antiético del enviado estadounidense a la cita.
Ante un pleno que escuchó en silencio, el canciller, «bala feroz al centro del combate», describió siete meses de escalada yanqui.

Fue en un cónclave sesgado por el poder y las amenazas; pero ahí estaba una representación de conciencia de la humanidad, toda oídos. Y la denuncia tiene peso moral.
Cae la noche justo al llegar a casa. No tengo idea de cómo marcha la recuperación del SEN. Con la linterna de un celular viejo hago lo de siempre antes de amoldarme sobre el colchón hirviendo. Entonces me sumo a los que esperan. Es justo que alguna hora por venir, no importa cuánto demore, llegue con el cese del bloqueo energético, equivalente a un bloqueo naval y, a su vez, en un acto de guerra.