A lo largo de la historia han existido hombres que, desde la cuna, sintieron el llamado de la guerra. Máximo Gómez Báez fue uno de ellos. No nació con odio en el pecho, sino con una humildad tan profunda como la tierra de Baní, su pueblo natal en República Dominicana. Hijo de una familia pobre, aprendió a leer en su casa, y su padrino, el cura Andrés Rosón, soñó con hacer de él un sacerdote. Sin embargo, no era ese el altar que esperaba a Máximo.
Con 16 años descubrió el olor de la pólvora. Descalzo, a caballo o a pie, con un machete en la mano, respondió al llamado de su patria invadida por Haití. No fue por gloria ni por grado —aunque alcanzó el de alférez—, fue por la libertad.
Luego vino a Cuba. Y aquí, en esta isla que aún no era suya pero ya le dolía como propia, Gómez siguió su destino. En 1868 se incorporó a las tropas mambisas y les dio a los cubanos su primera lección de rebeldía con el machete. Desde entonces el movimiento independentista tuvo un jefe, y un padre. Un padre que sabía preparar un ejército con el ejemplo de su propio cuerpo en la batalla.
José Martí lo comprendió mejor que nadie. En 1892, desde Santiago de los Caballeros, le escribió una carta: «El Partido Revolucionario Cubano viene hoy a rogar a usted que, repitiendo su sacrificio, ayude a la Revolución». Y añadió, con honestidad: «No tengo más remuneración que brindarle que el placer de su sacrificio y la ingratitud probable de los hombres». Gómez respondió con solo cinco palabras: «Desde ahora puede contar con mis servicios».
Aquella alianza sellada en Montecristi fue diáfana y leal: Martí y Gómez desembarcaron juntos en Playitas de Cajobabo en 1895. Pocas semanas después, José Martí cayó en Dos Ríos. Para Gómez fue un gran golpe: perdía a un compañero, a un maestro a quien seguía y al hijo que cuidaba.
Ese mismo año emprendió la Invasión a Occidente al lado de Antonio Maceo. Cruzaron la isla como un latigazo de justicia, desde Mangos de Baraguá hasta Mantua. Gómez, a quien sus íntimos llamaban cariñosamente «el Chino Viejo», desconcertó a los generales españoles —hombres curtidos en guerras europeas— con una estrategia tan simple como genial: moverse en pequeños cuadriláteros, atacar por la retaguardia y desaparecer como un fantasma. Aquello, más que astucia militar, era instinto de supervivencia, la visión de un hombre que sabía que cada paso podía ser el último.
Y entonces llegó otro golpe, acaso el más cruel. En 1896, Antonio Maceo cayó en combate. Y junto a él, su bravo y querido hijo, Francisco «Panchito» Gómez Toro. Dos muertes en una misma noche, dos pedazos de su alma arrancados para siempre. El Viejo no pronunció grandes discursos ni arengas; solo designó a Calixto García como nuevo lugarteniente y siguió luchando. Porque el dolor de un padre no se cura, solo encuentra consuelo en el acto de honrar. Y él honró a su hijo y a Maceo con cada batalla que libró hasta 1898.
Cuando la guerra terminó, el Generalísimo no buscó poder ni pretendió honores. Estrada Palma se convirtió en presidente en las elecciones de 1901, y Gómez se sintió como quien entrega el bastón de mando a un sucesor.

17 de junio de 1905: la muerte
Máximo Gómez Báez vive en 5ta. y D, La Habana. Hace un viaje a Santiago de Cuba, y la estancia en esa ciudad le reafirma que su arraigo y ascendencia están intactos. Las personas le salen al paso, todas quieren saludarlo, escuchar su palabra; y él les corresponde.
Una noche, el General se queja de un dolor en la mano derecha, la que tantos habían estrechado durante su estancia en Santiago; un dolor justo en el sitio donde días antes se había hecho una pequeña herida. El malestar se complica, hay infección y fiebre, dicen que es septicemia; y su médico de cabecera, que lo acompaña en el viaje, decide el regreso a La Habana.
Ya en la residencia de 5ta. y D, empeora: sube la fiebre, persiste la debilidad, y le detectan un absceso hepático. El día 11 su estado era ya de gravedad extrema, y en lo sucesivo Gómez toma consciencia del final. El 17, por la mañana, el guerrero se despide de su esposa e hijos. Pasan, agónicas, las horas… A las seis en punto de la tarde el médico da la noticia: el General en Jefe del Ejército Libertador, el hombre que había desafiado la muerte en unos 235 combates sin recibir más que dos heridas, acababa de fallecer.
El Senado decretó tres jornadas de duelo nacional, y el velatorio tuvo lugar en el Salón Rojo del Palacio Presidencial. Cuentan que fue el sepelio más grande que se vio en Cuba hasta esa fecha. Acaso porque se trataba de un ser que había vivido entre el machete y la luz; y era el hombre más respetado y honesto de aquel momento de la historia.