Yilian, retrato de la resiliencia

En la madrugada habanera, cuando llega la luz por un rato, Yilian Fortún se levanta y sigue.

El silencio a esas horas es un aliado estupendo: ella se concentra y gana fuerzas para enfrentarse a lo que quedó por hacer en el día, porque la energía del sol no siempre funciona, o no en ciertas circunstancias: «A veces lavo a mano lo demás, pero sin corriente es imposible lavar lo de mi mamá, lo de ella no es fácil».

Amanece, y Yilian desanda los exteriores de su casa, después de acomodar en el portal a Digna, su madre, «el sol de la mañana es bueno para ella, además se entretiene mirando pasar a la gente, saludando a los conocidos», me dice y respira hondo, como si procurara oxigenar su existencia y la de su progenitora después de tantas noches sin aire.

Luego empieza a regar las rosas y puedo jurar que le habla a las orquídeas. Su pequeño Thiago aún duerme, acaso sueña profundo, luego de la hora en que se pueden abrir las ventanas.

Esta muchacha tiene 39 años y los ojos oscuros como el café más fuerte que pueda imaginarse. Y tiene la sonrisa dulce y la conversación a flor de labios:

«Soy única hija. Era muy chiquita cuando mi mamá empezó con la enfermedad. Cuando eso mi papá aún no se había ido para los Estados Unidos, y se encargó de los hospitales, los análisis, los estudios; estaba él».

Yilian habla como si estuviera viviendo aquellos tiempos de la inocencia, en los que pensó quizás que era posible ir a buscar mielina al fin del mundo para curar la esclerosis múltiple diagnosticada a su mamá.

«Tenía 30 y pico de años, la enfermedad se manifestaba por crisis que con el tiempo se hicieron frecuentes. Es una enfermedad degenerativa, irreversible, y ahora ya está así. Es difícil, a veces no hay culeros y usamos sábanas, trapitos.

A ella no le faltan atenciones, la tenemos bien cuidadita. Hubo momentos atrás en que me sentí algo sola, pero la familia creció».

¿Y Thiago?

Está durmiendo, anoche no durmió del calor.

Sí, ya sé. Pero, ¿cómo llega Thiago a la familia?

Un embarazo en medio de la COVID. Encerrada aquí con mi mamá, mi esposo y mi suegra. Empecé a sembrar cactus y otras planticas en vasitos desechables. Las ponía en el portal, me protegía bien y las vendía por detrás de la reja. Y en eso me entretenía, hasta que llegó el día del parto. Salimos ilesos de la pandemia, y Thiago es un niño saludable.

¿Cómo le va en la escuela?

Empezó este curso. Le gusta, a lo mejor más que a mí, que sé bien lo que me ha costado llevarlo y dejarlo allí, con calor, mosquitos; curarle el sarpullido… Pero él sigue siendo un resiliente.

Yilian se viste como si todos los días fueran de fiesta. Se le endulzan los ojos por casi todo, así me mira al despedirme, lista para dar la batalla en el amor de la vida cotidiana.

Así la veo desde lejos entre las orquídeas y los pollos que crían en el patio y, más tarde, dominar el arte de la levedad profunda: tomar el timón de la silla de su madre, y entrar.

 

 

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