Centenario del hijo-luz

Hoy se cumple un siglo del nacimiento de Fidel Castro. El 13 de agosto de 1926, la madre dio a luz al hijo-luz. Y más que metáfora, aquello fue una certeza visible, palpable.

Lo es hoy, pasados cien años, cuando miles de cubanos tuvieron presente el cumpleaños todo el día: muchos, con orgullo de haber vivido su tiempo y conocido su historia; otros con algo de nostalgia y algunos, como quienes han perdido el rumbo y andan con las manos vacías.

Fidel Castro iluminó desde pequeño, más allá de los cedros del patio en la casona familiar de su natal Birán; y después, con los años, esa lumbre cruzó mares y cielos para convencer a los oprimidos de que existía un modo de abrir puertas y alas, y echarse al viento. Por eso estos días vinieron a Cuba delegaciones de decenas de países a honrar su memoria y recordar su legado, ejemplar y necesario hoy más que nunca.

No seré aguafiestas: de la Cuba actual, que lo evoca y extraña como solo sucede con lo imprescindible, hablaré en otro momento. Tampoco mencionaré a los salvajes que nos asfixian —literalmente, de verdad—, sin freno, sin ética y sin vergüenza. Acaso se aprovechan de que murió. Era tan humano y verdadero que murió, y ya no están su voz ni su bravura ante las nuevas formas de castigarnos; esa bravura que paralizaba al más vil e irracional de los enemigos.

Hoy prefiero —medio sin rumbo y con esa sensación de vacío que dejó aquel noviembre de su adiós— recordarlo como cuando él tenía treinta y dos años y una Revolución sobre los hombros. Aquel peso pudo haberle cortado el aliento, pero no; porque creyó en sí mismo.

Tampoco deseo ver por internet fotos con flores frescas allá en Santa Ifigenia, donde está su nombre sobre granito. Propongo celebrar la vida del Fidel que se hizo abogado para defender a los humildes, causa aparentemente imposible en una Cuba donde unos cuantos rufianes habían vendido hasta el cielo —no digo yo la justicia—.

Y vuelvo el pensamiento atrás y lo veo asaltando un cuartel, con las mismas probabilidades de salir libre que mártir, aferrado al Apóstol en el año de su centenario, como una estampita de la suerte, o como algo menos surrealista.

También lo recuerdo preso en Isla de Pinos, haciendo de una celda una escuela y un arsenal de propósitos bien pensados. Del mismo modo, en una expedición en la que 82 hombres a bordo debían hacer tambalear una dictadura, y aun con 12 reagrupados bajo Cinco Palmas, seguir creyendo que eran suficientes. Y nadie se rindió. Ni carajo.

Inmenso Fidel al adentrarse en la isla sorteando las ráfagas de las avionetas y con la fuerza moral para conducir los destinos de la patria después del triunfo de 1959.

Y luego, avivando al pueblo, alegrando a un país entero, tan eterno Comandante, discursando por horas, conversador agradable, profeta, padre querido…

No quisiera —fue tristísimo—, pero me acuerdo también de aquel noviembre en que decidió dormirse para siempre, y la noticia nos despertó.

No voy a decir que Fidel está vivo en su centenario. No está. Ni en su casa ni en el Palacio de la Revolución ni de viaje. Tampoco en el corazón de algunos que andan por ahí. Pero sí me atrevo a asegurar que el hijo-luz de Lina nos sigue guiando —aunque a veces no parezca— y que permanece en el alma de la nación.

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