La ecuación se planteaba con una crudeza absoluta: libertad, sí, pero atada a un entramado de condiciones previas. En esos términos, la disyuntiva no dejaba espacio para grises. O se rechazaba cualquier posibilidad de amnistía, o esta se otorgaba sin ataduras, sin cláusulas que humillaran el espíritu de la propia medida.
Fue el clamor incesante de la sociedad lo que abrió las celdas de Presidio Modelo el 15 de mayo de 1955 sin que mediaran exigencias bochornosas.
Salieron por la puerta principal, bajaron la escalinata y el aire de la entonces Isla de Pinos les besó los rostros, uno por uno.

Eran apenas una treintena de jóvenes, pero tenían el peso de un pueblo entero. Eran libres los condenados tras protagonizar los asaltos a los cuarteles Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, y el Moncada, en Santiago de Cuba, todo por derrocar una tiranía sangrienta.
Fidel, el líder, dejó atrás el último peldaño y caminaba entre Melba y Haydée, dos flores de pólvora. Después abordaron El Pinero, y la embarcación zanjó el mar entre los puertos de Nueva Gerona y Batabanó.

Ya en La Habana, las madres de los muertos, que esperaban, desplegaron la bandera y la noche se volvió himno.
Ese día Fidel lo había dicho: «Nuestra libertad no será fiesta o descanso, sino de lucha y deber, de batallar sin tregua desde el primer día». Y fue cierto.
Hace 71 años. La cárcel había sido una escuela; la libertad, una orden de combate.