Hace años que un amigo se fue y vive en Canadá. En la isla quedaron su hijo, su padre —su única familia— y una pandilla de hermanos por extensión; entre ellos, mis hermanos de sangre y yo.
Se cambió de país: de Cuba, donde si no abres la puerta el calor te la derriba, fue a dar a uno de los países más fríos del mundo.
Acá era traductor de inglés; allá habla inglés. Ahora trabaja como estibador en una fábrica de autos, logró perder las libras que siempre tuvo de más, y maneja con dificultad porque la espalda le duele demasiado.
En la que fue su casa en Cuba ya no reside su hijo porque la madre del niño permutó; pero este amigo pide videos del barrio. Su muchacho, pasando apagones de veinte horas y más, se graduó en la universidad con Título de Oro y él, cuando vio las fotos, lloró a solas mirando caer la nieve. Lloró por videollamadas siempre que pudo comunicarse.

Hablo de nostalgias que nacen de la sencilla felicidad que tuvimos delante de los ojos sin sospechar que algún día sería para siempre.
Hablo de un hermano que es negro y dice asere, fula y ¿qué bolá?; que venera al arte y sus cultores, tanto que se acuerda de que hoy, 24 de agosto, el Benny (de quien es fanático) cumpliría 107 años. Y le da corazón a todo contra el bloqueo, a una distancia aproximada, en línea recta, de 2 500 kilómetros de nosotros.


Cuando podemos, nos escribimos por WhatsApp y me aconseja el desapego. ¿Y tú me hablas de desapego? —pregunto yo, que sé poco de esas prácticas—. Y él me dice que es una manera de salvarse, de encontrar paz sin ser indiferente.
No hay que desapegarse de nada. Bien lo sabemos los dos. Yo apuesto por el apego, también por su deseo de que la realidad nos importe, y que como él, encuentren paz los más de 245 000 cubanos que han emigrado en los últimos años.