Hay un árbol al costado de un edificio multifamiliar de dieciocho pisos y más de cien apartamentos habitados en el trayecto entre la llamada Cuarta del Cerro y la Esquina de Tejas, donde muere la calle Infanta.
Hace unos días, raíces, tronco, ramas y hojas rondan en la cabeza de los vecinos, no tanto por el árbol, sino por lo que hay en torno a él.

Está prendido en el flanco izquierdo del inmueble, como un corazón verde; pero quien mire desde la acera de enfrente lo verá a la derecha y, más a la derecha, verá el macrovertedero —acaso el más añoso de la avenida— amenazándolo cual flecha envenenada.
Puede que usted crea —como yo— que los basureros en tiempos de «resistencia creativa» son más dañinos para el ser humano que para una mata, y que debería pensarse primero en la gente. Pero sucede que, a hacha y machete, algunas personas apuestan por quitarles la sombra a varios seres que, en los bancos bajo el follaje, exponen y venden tanquetas de comida descompuesta y cuanto desperdicio hallen en la basura y estimen aprovechable. Entonces el instinto lleva a proteger a los más desamparados entre todos los más vulnerables del pueblo, incluidos árboles y arbustos, y entonces da igual el orden de los factores.

«Saber no puede ser lujo»,_ se oye aún en la voz de Silvio Rodríguez con cubanísimo acompañamiento musical. Es mía también esa máxima y, por eso, observo y escucho: yendo de visita al edificio, al apartamento de la amiga más valiente que tengo, oí lo que hablaban dos moradores escaleras arriba:
—Sin palabras. Venden comida podrida a los criadores de cerdos, el mosquero es insoportable. Hay que cortar la mata de la esquina de Estévez, no hay de otra —sonó al vacío y a lo oscuro una voz aniñada, pero resolutiva.
—Creo que esa es la solución ideal, al final ellos venden ahí porque están a la sombra. Al sol no aguantarán —coincidió un hombre mayor, con acento de autoridad.

Yo, sin palabras. Pero al llegar a la casita recuperé el aliento y conté. «¡Lo siento, pero ese árbol no lo van a tocar!», dijo mi amiga, bellísima, al margen del enfado y las huellas del insomnio por el calor y el miedo a las cucarachas.
«¡Lo cortarán solo por encima de mi cadáver!», aseguró y se fue, bajó, así, mal vestida y ‘fundía’, a convencer, a quien correspondiera, de que aquel corazón verde que se ve desde arriba es «el único paraván entre nosotros y la candela y el humo que salen del basurero en las madrugadas».
A solas, en la sala minúscula con ventanas abiertas, el esplit y el televisor parecían anacrónicos. Miré La Habana desde lo alto, hasta donde se pierde todo. Recordé a los buzos de la esquina: los imaginé en el mismo lugar y haciendo lo de siempre, pero abrasados por el sol porque el problema no es la sombra.
Permanecí en la ventana un tiempo, no sé cuánto; el suficiente para repetir, como quien sabe rezar, la versión en catalán casi completa de una canción de Serrat, cuya letra me aprendí de memoria un día porque sí —uno suele guardar, especialmente cosas que, sabe, harán falta después, o para siempre—:
Padre, dígame qué le han hecho al río que ya no canta, que resbala como esos peces que murieron bajo un palmo de espuma blanca.
Padre, el río ya no es el río. Antes de que llegue el verano esconda usted todo lo que encuentre vivo.
¿Qué le han hecho al bosque, padre, que no hay un árbol? ¿Con qué leña encenderemos fuego? ¿Y en qué sombra nos cobijaremos, padre, si el bosque ya no es el bosque?
Antes de que se haga oscuro guarde usted un poco de vida en la despensa. Porque sin leña y sin peces tendremos que quemar la barca. Tendremos que arar sobre las ruinas y cerrar la puerta de casa con muchas llaves.
Y usted nos dice, padre, que si hay pinos hay piñones, que si hay flores hay abejas y cera y miel… Pero el campo ya no es ese campo.
Alguien anda pintando el cielo de rojo y anunciando lluvia de sangre. Alguien que ronda por ahí, padre. Son monstruos de carne con gusanos de fierro.
Asómese, y les dice que usted nos tiene a nosotros. Y les dice que nosotros no tenemos miedo, padre (…).
La dueña de la casita hermosa entró sonriendo y ocupó el lugar de unos últimos versos del poeta cantor. Ella, a mi lado en la ventana, hundió los ojos en el paisaje de la ciudad, grisáceo, parduzco, despintado…
«¡La mata se queda!», me dijo, entre satisfecha y molesta. Molesta, supuse, porque sabe todo lo que hemos perdido —y que va más allá de casi siete décadas de bloqueo, de más de 200 días de cerco petrolero y la máxima presión—. A la vista están también las huellas de la pereza y la indiferencia; igual las del miedo: evitar ‘marcarse’, dejar que otros decidan y hagan lo que se sabe está mal por evitarse problemas deviene, hace mucho tiempo, escudo protector y —casi— mal irremediable.
Pareciera que la valentía está reservada para usarla solo en caso de guerra, mientras, bajo impresionante paz, cae lo pequeño y lo grande que, antes, debe salvarse.