Era miércoles, y hace 12 años. Ese día la muerte, madrugadora, se llevó la voz y la guitarra genial y única de Santiago Feliú.
«Se murió Santi», fue acaso el susurro que corrió temprano entre sus colegas de la Nueva Trova. La noticia no hizo ruidos estridentes en titulares. Primero se supo por las redes sociales, luego en voz de los locutores y después en notas de medios digitales.
La mañana tenía esos colores lánguidos de cuando se viven momentos tristes. El cielo, gris claro, parecía acompañar el ánimo de familiares, amigos y seguidores de todas partes, afligidos y desconcertados.
La vida de imprevista, sencilla y complicada… absurda y egoísta…
A los 51 años, murió de un infarto agudo Santiago Feliú Sierra. Cantante, guitarrista, productor y compositor, él no fue un trovador cualquiera. No era el más famoso a nivel internacional ni el más mediático en Cuba.
Era algo más profundo e imperecedero: el cronista escrutador, el bardo incómodo, inspirado a veces por las contradicciones cotidianas de la sociedad cubana, y la urgencia de salvar los sueños.
Era necesario y, sin embargo, la vida es «unos pocos días prestados por el tiempo», él lo sabía, así nos lo cantó tantas veces…
Vivió poco más de 50 años el autor de «Ay, la vida» y de otras canciones icónicas como «Para Bárbara», «Sueño de una noche de verano» y «Distancia», las cuales nos revelaron un alma que observaba el mundo con una mezcla de desencanto, ternura y deseos de estar: «La vida es el milagro, sinceramente amado», cantaba acompañado de urgentes rasgueos zurdos sobre las cuerdas de su guitarra.
La vida es suficiente, si entonces no se acaba…
Nacido en 1962, Santiago Feliú fue hijo de un periodista español republicano exiliado. Creció en el centro cultural de la Cuba revolucionaria. Tuvo a Silvio Rodríguez y a Pablo Milanés como paradigmas. Hurgó en la psicología del individuo, en el desarraigo, y en el amor como refugio.
No fueron pocos los que vieron en él a un artista íntegro, alejado de los compromisos fáciles. Y no fueron suyas «la culpa de morirse, las mentiras, las verdades que nos quedan de este lado…».
Somos muchos los cubanos que nunca asistimos a un concierto de Santiago. Su imagen y obra llegó a través de nuestros asomos de tecnología. Y fue admirado.
Hay canciones que hoy llegan para asegurarle: aquí quedó tu brisa, «tu brisa que presiento inagotable, azul infinita…», como cantó él a Bárbara, en desgarrado homenaje.
*Foto de portada: Iván Soca