Llega febrero. Trae consigo golpes de lluvia y vientos fríos. Es el pedacito de invierno de Cuba, esta vez severo, inusual; acaso con toda la borrasca que no cupo en enero.
Aún a las puertas de 2026, por encima de todo anhelo, deseamos paz, estado de gracia para cualquier manera de prosperidad. Sin embargo, desde los primeros días, hay sueños amenazados.

El temporal cae sobre los techos y los parches de pavimento; el océano salta los muros e irrumpe en las partes bajas de la ciudad.
Pero la gente tiene aquí cosas entrañables que defender: primero el aliento, el pulso de cada vida para, luego del peligro, borrar de los hogares el rastro salado del mar y las lágrimas.
Al amanecer siguiente muchos desbrozarán las orquídeas del patio, otros se cortarán las puntas del cabello para que se les pongan bonitos por obra y gracia del Día de la Candelaria.

Cuba, quizás arropada aún, recordará que es el mes del amor, y preparará trueques de corazones y flores para el 14, y homenajes y tributos para el 24. Hay amenazas, como ya se sabe. Pero aquí les costará matar las ilusiones, los sueños y la memoria.