El 25 de marzo no es una fecha en el calendario. Es una herida que se abre para iluminar. Cada año, en este día, la imagen de Julio Antonio Mella regresa caminando por las calles de La Habana, por las aulas que fundó, por la memoria de un pueblo.
Aquel antimperialismo suyo, aquella manera de señalar con el dedo la injerencia extranjera en suelo nuestro, no es un capítulo del pasado. Es un susurro que se vuelve grito en estos días de hacer patria a golpe de estoicismo y claridad política.
Uno cierra los ojos y lo ve. No como una estatua de bronce, sino como un muchacho de existencia breve, pero dinámica, profunda. Lo imagina de niño en una nación hipotecada, respirando un aire que olía a deuda y a entrega. Por eso fue rebelde. Por eso no supo estar quieto.
Su vida fue un vértigo de fundaciones: la Reforma Universitaria, el primer Congreso de Estudiantes, la Universidad Popular «José Martí», la Liga Antimperialista y el primer Partido Comunista de Cuba que levantó junto a Carlos Baliño y otros que, como él, cargaban la furia justa en el pecho.
Vuelve al recuerdo su palabra en la Colina, esa que hacía reflexionar hasta al más distraído. Vuelve el revolucionario que prefirió el exilio y la huelga de hambre antes que bajar la cabeza. Pero sobre todo, en esta fecha, vuelve y emociona la imagen del muchacho atlético, con la ternura de un enamorado, llevando de la mano a Tina Modotti por las calles de Ciudad de México.
Fue allí donde lo alcanzaron las dos balas. Dos balas encargadas por la conjura de un tirano, Gerardo Machado, que quiso cerrarle el paso por este mundo. Mas la muerte de Mella tuvo algo de paradoja luminosa. Aquel cierre, el 10 de enero de 1929, como él mismo lo habría entendido, fue un nacimiento nuevo: «Hasta después de muertos somos útiles».
Y tenía razón.
Hoy, mientras este 25 de marzo nos atraviesa, Mella está más allá de los libros. Está en los que por estos días hacen patria. Está en los que mantienen esta isla libre del imperialismo que tanto combatió. Está en la coherencia de aquellos que, como él, eligen la dignidad aunque cueste la vida.
Imposible olvidarlo. Imposible no sentir que, 123 años después, Mella sigue llevando de la mano a su pueblo. Y que las balas, al final, siempre pierden.