Hoy me volví a acordar de Ernesto. Él, que era fuerte y bonachón, enamorado de la vida y militante, murió de COVID. En este abril se cumplirán cinco años de aquel día en que no le alcanzó el oxígeno, y se fue.
Entonces mi cuadra estaba en cuarentena, acordonada con cintas amarillas. Las redes y la televisión eran el único contacto con lo que pasaba. Por eso, igual que su novia y muchos de sus amigos, me enteré del fallecimiento por el noticiero. Su nombre y dos apellidos, en nota oficial.
Aquello fue un golpe salvaje que sacudió los sentidos, y en ese estado de desconcierto lo vi otra vez, con esa fe tan suya, asegurándonos que la pandemia no duraría más de dos años; pero, sobre todo, con su optimismo puesto en las vacunas: «Irán va a ayudar a Cuba con eso», decía, porque rastreaba la esperanza entre las noticias, y la sacaba por los pelos.
Y tuvo razón. Porque el Instituto Pasteur de Irán —el centro de investigación científica y salud pública más antiguo y prestigioso de Oriente Medio— mantiene desde hace décadas una estrecha cooperación con la mayor de las Antillas.
En 2021, cien mil dosis de Soberana 02 viajaron a sus laboratorios para completar la fase III de los ensayos clínicos. A finales de junio de ese año, la vacuna recibió el autorizo de uso de emergencia, e Irán se convirtió en el primer país del mundo en producir vacunas cubanas contra la COVID-19.
Una entidad así era intocable, a modo de ver de esta cubana pobre y agradecida, y de cualquier ser con un mínimo de conciencia. Recordé, releí la historia… No se atreverán, pensé. Así lo hubiera dicho mi amigo, si viviera.
Pero he aquí las imágenes: el bombardeo al Instituto Pasteur es un hecho. Un atentado al conocimiento acumulado, a la memoria que a veces no alcanza, a aquello que Ernesto creía sagrado.
Nada fue suficiente para salvar ese sitio que alumbró la esperanza en medio de la pandemia, donde científicos cubanos e iraníes salvaron vidas a casi diez mil kilómetros de La Habana.

Me volví a acordar de él y de aquellos días que siguen siendo una herida honda, aunque pocas veces uno mencione el asunto. Prefiero creer que lo que parece olvido colectivo es un mecanismo de defensa.
Yo, por ejemplo, guardo el olor del cloro y del gel desinfectante en las manos. También están en el recuerdo los niños privados de jugar al sol, los jóvenes de la universidad con mascarillas y trajes blancos, únicos con permiso de circular por mi calle porque llevaban comida y medicinas casa por casa.
Sucede que la memoria es, también, ser fieles a lo que fuimos ayer. Y a los que se fueron. Por eso lloro no solo a Ernesto, sino al Pasteur de Teherán: porque en sus paredes masacradas quedó también un pedazo de nuestra resistencia, de aquel abril en que el oxígeno no alcanzó, pero la ciencia y la solidaridad, por un tiempo, sí.