La brisa toca la madrugada con esa luz que parece inventada para la memoria. La noche respira hondo, como si supiera algo; como si el tiempo, ese viejo conspirador, no hubiera pasado en balde. Raúl Castro cumple 95 años.
«No importa, general, cumplir más años…», le dijo una vez el Indio Naborí. Y hoy se lo recordamos, porque ha sido un privilegio sentirse acompañado por su existencia larga y pródiga.

Hoy, bajo el peso incesante del cerco y la hostilidad del vecino más poderoso del continente —que lo quiere, como otras veces, vivo o muerto—, elegimos festejar: no con estruendo, sino con el abrazo callado que merecen los que han fundido su sangre con la de su pueblo, y con la evocación.
El 3 de junio de 1931 el viento movía leves las ramas de los cedros alrededor de la casa de Ángel y Lina, mientras ella daba a luz un nuevo retoño. La madre, el padre y aquel paraje hermoso de la tierra holguinera ignoraban que este, junto a otro de sus hijos, reescribirían su destino.

Lo hicieron desde la juventud, con inteligencia, sacrificio y bravura. Volver sobre los sucesos del Moncada, Presidio Modelo, el yate Granma, la Sierra Maestra, el triunfo, las transformaciones derivadas de la Revolución y el enfrentamiento a los consiguientes golpes bajos del imperialismo es hablar —como de Fidel— de Raúl, porque siempre estuvo ahí. Y es verlo crecer en cada combate y en cada reto que supone una Revolución socialista a 90 millas de Estados Unidos.

El acoso del norte intentó cortarle las alas a la Revolución cuando comenzaba a andar. Sin embargo, en Cuba nunca hubo parálisis ni desaliento, fruto de su liderazgo, donde la voz de Raúl siempre se ha oído, alta y grave.
No ha sido fácil: casi 70 años de triunfo y de bloqueo. Hoy, bien lo sabemos, este último es una suerte de tentáculo que nos atenaza por todos los flancos. Hay preocupación y cansancio, pero también noches como esta en la que se cuela una luz que parece hecha para la memoria, y celebramos.

Yo no sé cómo se siente él hoy. Debería estar bien —lo merece—, rodeado de abrazos y buenas conversaciones: su verdadera fortuna.
¡Felicidades, Raúl! ¡Gracias por tu vida y tu ejemplo!