Cuentan que, antes, solo había sonidos que simplemente se oían; y que después de llegar el son cubano se supo que estos podían instalarse en la piel, en el gusto y en la memoria.
Este género echó raíces en el oriente de Cuba a finales del siglo XIX. Sin embargo, se habla de huellas más antiguas que se remontan al siglo XVI, cuando la impronta de dos hermanas dominicanas, Micaela y Teodora Ginés, dieron vida al que se conoció como Son de la Má Teodora.
Cuatro siglos después, devino sentimiento colectivo: cuerdas de guitarras se enredaban en tambores africanos y florecían en el deseo, el soneo y la tradición de un pueblo.
Aunque el género vive en todas las jornadas del calendario, el 8 de mayo es el Día del Son Cubano —en homenaje al natalicio de Miguel Matamoros y Miguelito Cuní—. Por eso hoy Santiago de Cuba y La Habana celebran como quien abraza a un padre fundador, vivo y vibrante.
En Santiago, la cuna del género, presentaciones y homenajes alegran corazones en el Teatro Heredia. Y en la capital, el Teatro América se viste de gala con entrada libre, para ofrecer Mi son entero: un espacio de música, danza y poesía para aplaudir a los intérpretes y comunidades que han traído al son hasta nuestros días.
Con toda justeza, el 10 de diciembre de 2025 la Unesco reconoció la práctica del son cubano como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, una declaratoria que enaltece también a este pueblo por su singular modo de pelear cantando, bailando, riendo y venciendo.
Llegó y marcha caluroso el mes de mayo. Cuba es más que silencio. Hoy, aun fuera de los teatros de celebración, rompen, cerca o lejos, el tres y el resto de los instrumentos; y, a intervalos, la brisa reparte músicas: en casi todas, el son está.