«En el camino de la costa de Varadero, cerca de Carboneras, vivía un cochero llamado Martín Colorín, que tenía dos hijos, un perro sato, un caballo blanco y un coche viejo», así escribió Dora Alonso para los niños cubanos.
Y para los hermanos mayores de los niños y para los padres y los abuelos también lo hizo: por eso todos alguna vez estuvimos en la piel del cochero Martín, seguimos los pasos de un grillo caminante o miramos al cielo para ver volar a la gaviota negra.

Es el legado de la autora que dibujó con palabras el campo cubano y sus tradiciones.
Había paisajes sobre las páginas en obras como Tierra inerme, Sol de Batey y otras que le merecieron el Premio Nacional de Literatura (1988), y ser la escritora más traducida y publicada en el extranjero para niños y jóvenes. Y había mucho más, por lo versátil de su pluma.
Las radionovelas para adultos de Dora Alonso cruzaron fronteras y fueron escuchadas en Puerto Rico, México, Colombia y Venezuela; y piezas teatrales de su impronta poblaron de títeres los escenarios para que todos conocieran de cerca a Doñita Abeja y a Pelusín del Monte.

Hace 25 años dijo adiós la Premio Nacional de Literatura. Desde el 21 de marzo de 2001 vive en una estrella, acaso de miel, dorada y cristalina.
Permanece allí, despierta. Cómo lo está en las escuelas y en los libro de texto donde los niños hallan el planeta de las letras: «Cuando el hombre llega a las estrellas es también la hora de las raíces».
Desde allí nos ve a nosotros regresar a la niñez, mientras oye una flauta de chocolate, una melodía que no cesa. Ella sabe que la magia no muere.