Estos días en Cuba, el acto de firmar sobre un papel ha recuperado su más antiguo significado. Porque la rúbrica, ese gesto que nació con la escritura y que viene del latín firmare —hacer sólido, inmutable—, constituye una posición firme e invariable; y esa misma voluntad se ha convertido en el centro del movimiento ciudadano «Mi firma por la patria».
Lo que comenzó en la mañana del 19 de abril cerca de las arenas de Playa Girón, con el trazo sencillo del presidente Miguel Díaz-Canel encabezando la lista, no significa que la convocatoria haya nacido en un escritorio oficial e impuesta por altavoces gubernamentales.

Su cuna fue la sociedad civil: vecinos, intelectuales, jóvenes, madres y abuelos. De ellos brotó la idea como un escudo callado frente a décadas de cerco comercial, de infamias repetidas, de bombardeos mediáticos y esa guerra de nuevo cuño —sucia, bullanguera, implacable—.
Estos días, en los que tienen punto de encuentro el aniversario 65 de la Victoria, de la derrota del imperialismo yanqui en Playa Girón, y el año del centenario del nacimiento del Comandante Fidel, han visto florecer una unidad inusual.

La iniciativa ha logrado tejer un frente nacional contra la mentira sistemática, y juntar todas las voces en una: aquí no se rinde nadie.
El movimiento se convierte en un potente canal de comunicación política. Porque en ningún trazo hay odio, sino una vocación de paz tan antigua como el sufrimiento de este pueblo. Hoy, la gente común a lo largo del archipiélago convierte su firma en un acto de defensa nacional. Y lo hace frente al cerco comercial, las campañas de desprestigio y las amenazas.

Hoy, a cuatro días del inicio del llamado, cientos de cubanos han dejado ya su nombre escrito como un juramento. No son una multitud cuantificable en cifras, sino una marea de conciencias que recuerdan al mundo que esta isla no pide permiso para existir, ni tolera injerencias disfrazadas de solidaridad.
La pluma sigue corriendo. Y cada nueva firma es una pequeña victoria frente a las amenazas.