Se acerca el aniversario 73 de los sucesos del 26 de julio de 1953 en los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. A propósito, repasamos los días, los sacrificios y la estrategia que gestaron la rebeldía nacional.
Un grupo de jóvenes cubanos intentaron tomar el cielo por asalto, como habían hecho en otro tiempo y geografía los comuneros de París. Eran casi niños que apenas sabían disparar con escopetas de pájaros, pero estaban convencidos de que para el pueblo era imprescindible su liberación definitiva.
El autor intelectual de la gesta fue José Martí. Así lo reseñan más de siete décadas de historia y viene al caso recordar el 28 de enero de 1953, centenario del natalicio del Héroe Nacional, cuando la juventud revolucionaria organizó un desfile desde la escalinata de la Universidad de La Habana hasta la Fragua Martiana. Fue el Desfile de las Antorchas, en el cual participó el pueblo y, entre la multitud, los bloques de la Generación del Centenario con Fidel como máximo líder.
Era una de las primeras acciones de la organización que tenía un carácter secreto y selectivo, y solo el jefe de la célula recibía orientaciones de la Dirección Nacional, formada por dos comités de dirección: uno civil y otro militar; al frente de ambos se encontraban Fidel Castro y Abel Santamaría. Y allí estuvieron de acuerdo en que «hacía falta echar andar un motor pequeño que ayudara a arrancar el motor grande»: el pequeño serían los asaltos llevados a cabo por ellos y, el grande, la movilización popular revolucionaria con las armas arrancadas a la tiranía.
La Generación del Centenario había asumido el compromiso de conquistar la soberanía de la nación, y varios de sus jóvenes ofrendaron lo poco que poseían para organizar y crear las condiciones.
Lograron comprar unas ciento cincuenta armas con el apoyo de Elpidio Sosa, que vendió su empleo y se presentó con trescientos pesos para la causa; con el de Fernando Chenard Piña, quien se deshizo de los aparatos de su estudio fotográfico con el que se ganaba la vida; así como con el aporte de Pedro Marrero, que empeñó su sueldo de muchos meses.
En el más estricto secreto, realizaron el entrenamiento militar en los clubes de recreo y en distintas fincas de la capital. A estas prácticas se sumaron varios jóvenes de la Universidad de La Habana y un grupo de simpatizantes.
Después llegó el momento de elaborar el Plan de Acción. Una vez concebido, Renato Guitart recibió la misión de hacer el croquis del cuartel santiaguero y buscar alojamiento en la provincia; mientras que a Ernesto Tizol se le encomendó alquilar la Granjita Siboney, a la salida de Santiago de Cuba, donde escondieron uniformes, armas y automóviles.
Allí se ultimaron los detalles y se escogió la fecha para las acciones. Por ser domingo y día de carnaval en Santiago de Cuba, las acciones tendrían lugar el 26 de julio. La madrugada sería de congas que disimularían movimientos, acallarían disparos y, al margen de los acontecimientos, nacería una nueva etapa de lucha por la libertad de Cuba.