Es domingo, 19 de mayo de 1895. Pasado el mediodía, el sol no perdona. Abrasa la sabana y el aire es un espejo de polvo. El río baja revuelto, como si la tierra supiera que va a recibir algo sagrado.
Máximo Gómez, el general de las cargas certeras, lo había advertido porque sabía demasiado de la muerte: «Póngase a salvo, Martí». Pero el hombre de levita oscura lleva adentro una verdad desde su adolescencia: «Por Cuba me clavarían en una cruz».
José Martí había cruzado el mar en aras de la independencia de Cuba. Ya ha escrito todas las palabras. Ahora desciende hasta Dos Ríos. Va sobre su caballo como pidiendo permiso a la eternidad. Mira el monte y el humo con ojos de ángel y se lanza hacia un claro donde la maleza alta guarda el rencor español. Lo alcanzan tres disparos.
Caída libre que da frío
No saca el revólver de nácar —regalo de Panchito Gómez Toro— que después hallarán con todos sus tiros intactos. Acaso Martí no va a disparar, no en monte de espuma y madre sierra, sino a fundar.
Gómez no puede rescatar el cuerpo. «Jamás estuve en tanto riesgo», confesará después, y en esa derrota aprende la más grave de las victorias.
Los españoles se quedan con el caído, como trofeo; pero el coronel José Ximénez de Sandoval, jefe de aquella tropa, ve que, desde ese instante, al cadáver empiezan a nacerle blanquísimas alas; y entonces las manos del militar se le hielan para siempre. Por eso no puede sostener en ellas los honores de Dos Ríos, y los rechaza: «Eso no fue un triunfo. Allí cayó el más grande genio que ha dado América».
Es 19 y también mayo
Hoy, 131 años después, acá está la independencia soñada por Martí y defendida por millones. Cuba está, como se sabe, asediada, empobrecida y amenazada por armas más poderosas y letales. Pero tenemos un Apóstol.
Este pueblo no se rinde. Y hasta suele creer, sobre todo cuando el peligro toca las puertas. Tiene fe, y se aferra a lo bello y a lo bueno que describió un siglo después el trovador: «Desde los tiempos más remotos / vuelan los ángeles guardianes (…)».
El que cayó aquel mayo remoto ahora anda bajo, más cerca de la tierra, como un escudo gigante, entre las bombas anunciadas y nuestros pechos.