Los techos desprendían hilitos transparentes y temblorosos en la cuadra de enfrente. La tarde ardía bajo el sol del 10 de mayo.
—¿Alguien sabe cuándo pondrán la luz? —preguntaba una muchacha desde su portal, vestida a medias o, mejor dicho, acorde con el momento.
Desde el otro lado de la calle, una voz de hombre —gastada por las horas idénticas— le respondió:
—Dicen que ahorraron algo del combustible que quedaba para el Día de las Madres.
—¡Madrecita Santa, qué bueno! —exclamó y se perdió adentro, en la penumbra de su casa.
Al rato, o quizás largo tiempo después —ya uno no precisa bien esos detalles— se escuchó el alboroto de los niños como cada vez que vuelve esa suerte de magia que echa a andar las máquinas de vivir.
Al júbilo de los pequeños se sumó el de cualquier edad: el ruido de los refrigeradores y otros equipos electrodomésticos —los de música incluidos— era imprescindible aunque fuera por unas horas.
Enseguida sonaron, altísimas, las músicas de cada casa, y rompió el baile encima del vapor de la acera.
La muchacha de quien les hablé al principio se llama Esperanza Valdés. Es madre soltera y vive con su mamá y su hermano Papo.
A Esperanza no la vi moverse al ritmo del éxito del momento ni de ningún otro. Andaba respirando breve y parecía tener las manos llenas de afanes.
Después supe que terminó de cocinar y sirvió la cena. Luego se fue la luz. No durmió: un dolor abdominal la mantuvo a ella y a su familia en vilo hasta las cinco de la madrugada, cuando se la llevaron para el hospital.
—Que alguien me diga si se sabe algo de Esperanza —indagaba una vecina de nasobuco negro.
—La llevaron para el salón el mismo lunes. Fue una operación grande, pero está bien y dicen que ya hoy la traen —contestó con una leve sonrisa el hombre de voz cansada.
Ahora cae la primera lluvia de mayo. Veo las gotas fundirse con el polvo de mi calle. Y la veo llegar. Ayudada por las manos buenas de su hermano, sin importarle el agua, bajó del triciclo y caminó encorvada, a pasitos, como quien aprende a andar otra vez.
A la mañana siguiente están en el portal. Hace un calor asfixiante. Voy a saludar y me cuenta mientras abraza a su hijo:
—… Era una urgencia y los médicos corrieron. Cuando desperté, estaba en recuperación, ya con antibióticos y dextrosa en vena. Después me dieron analgésicos para el dolor. Mientras estuve allá no me faltó nada, y la atención fue especial.
Hace una pausa.
—¿Tú ves que esto está difícil, verdad? A veces parece que llegó el final de todo. Y no. Yo volví a nacer ese día.