Girón, segundo día: la hora de los tanques

Cuando el 18 de abril de 1961 comenzaron a desdibujarse las sombras sobre la Ciénaga de Zapata, el silencio era ya un lujo imposible.

Los combates no habían cedido desde la noche anterior y, al romper el alba, los tanques de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, apoyados por la artillería antiaérea, lanzaron una ofensiva metódica y devastadora contra los invasores atrincherados en Playa Girón.

Era el segundo día de la gesta, y el plan del mando cubano ya se había desplegado como un abanico de fuego. Fidel Castro coordinaba cada movimiento con la paciencia de un ajedrecista y la urgencia de un combatiente. Su orden era clara: obstruir toda vía de avance enemiga, cercarlos por tierra y no darles un solo minuto de respiro.

«Fidel no solo dirigió la batalla de Playa Girón. ¡Fidel fue y es Girón!». Foto: Sitio Fidel Soldado de las Ideas

Sobre las arenas de Girón, que aquella semana dejaron de ser un paisaje verde azul para convertirse en trinchera, ya se sentían los batallones de milicianos llegados desde Cienfuegos, Matanzas y Las Villas. A ellos se sumaba el batallón de los Responsables de Milicias, hombres con oficio de obreros, campesinos y estudiantes que aquel día empuñaban fusiles con total naturalidad.

Fidel visita una brigada de la Defensa Antiaérea durante la invasión de las tropas mercenarias dirigidas por el Gobierno estadounidense a Playa Girón. Foto: Sitio Fidel Soldado de las Ideas

No estaban solos. A la par avanzaban las columnas 1 y 2 del Ejército Rebelde —veteranos de la Sierra, curtidos en la guerra contra Batista—, cada una reforzada con una compañía de tanques. Detrás de ellos, las baterías de obuses ajustaban sus ángulos de tiro, y el batallón de la Policía Nacional Revolucionaria cubría los flancos. Era una fuerza heterogénea en su origen, pero unificada por una convicción: allí se defendía un destino.

Los invasores, miembros de la Brigada 2506 entrenados por la CIA, aún confiaban en el apoyo desde el mar. Pero aquella esperanza comenzó a resquebrajarse cuando los primeros proyectiles de los tanques cubanos alcanzaron sus posiciones.

El coraje se veía en la manera de avanzar los blindados, en la puntería de los artilleros, en la forma en que los milicianos cubrían a sus compañeros caídos sin romper filas.

Ofensiva de las fuerzas revolucionarias que liquidaría la invasión en menos de 72 horas de pisar suelo cubano. Foto: Archivo

Uno de los episodios más recordados de aquella jornada fue el enfrentamiento contra los buques enemigos. Desde la costa, los tanques hicieron blanco en las naves que pretendían abastecer de municiones y combustible a los mercenarios.

La metralla rasgó cascos y voluntades. Varios buques fueron alcanzados de lleno; algunos se hundieron en las mismas aguas que habían surcado con la arrogancia del invasor. Los marinos mercenarios, acostumbrados a ejercicios de simulación, se encontraron de repente con la guerra real —y la guerra real, aquel día, tenía acento cubano.

«Ya desembarcaron y por donde me lo suponía. Pero no importa: ¡Vamos a aplastarlos!». Foto: Centro Fidel Castro Ruz

La batalla se prolongó durante horas. Hubo momentos de confusión, de humo y gritos, de cargas que parecían interminables. Pero al caer la tarde, algo ya era irreversible: los invasores habían perdido la iniciativa. El cerco se estrechaba. La retirada para ellos era, más que una opción táctica, la única salida.

Los tanques, con sus tripulantes pegados al sudor y al estruendo, con sus trazos de acero y metralla, se convirtieron en las figuras centrales de aquella epopeya, una página en la historia que después se convertiría en tradición: cada 18 de abril, en Cuba, se celebra el Día del Tanquista.

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