Desde la percepción de quien sabe leer las entrañas del imperialismo – y de cualquiera con un mínimo sentido de la justicia– la reciente farsa judicial orquestada contra el general de Ejército Raúl Castro Ruz no es más que un exabrupto de poder, la rabia de quienes no soportan la dignidad erguida de una Revolución que lleva casi siete décadas plantándoles cara. Y plantando bandera.
No es la primera vez que intentan montar este espectáculo. Recordemos que en 2016 ensayaron la misma maniobra, pero entonces el aparato estatal norteamericano decidió no secundarla.
Ahora, con la Casa Blanca bajo el control de un político de expediente demasiado turbio como para entrar en semejante terreno, retoman el libreto: arrogancia renovada, pero ficción, como antes.
Mienten sobre los sucesos del 24 de febrero de 1996, cuando fueron derribadas las avionetas de la organización Hermanos al Rescate. Y lo hacen sabiendo que existen pruebas para demostrar que La Habana no actuó con imprudencia ni violó norma internacional alguna.
Cuba ejerció su legítima defensa dentro de sus aguas jurisdiccionales, después de soportar violaciones reiteradas y peligrosas de su espacio aéreo por parte de terroristas confesos. Las advertencias a la administración estadounidense de entonces fueron más de una decena y todas fueron ignoradas.
Eso lo saben ellos, allá, en aquel nido de sinvergüenzas. Y lo sabemos acá: se trata de una ridícula artimaña política, armada a retazos en busca de coartadas que les permitan justificar, ante la opinión pública, una agresión militar contra Cuba.
Es difícil acercarse al tema sin que a uno se le escapen términos despectivos. Y es que no merecen respeto. Fíjense bien en quién apadrina a los denunciantes: se llama Donald Trump y ha enfrentado cuatro procesos penales distintos, con la suma de 91 delitos graves. Ah, pero regresó a la presidencia – se conoce que para ello en Estados Unidos no importa el historial delictivo–. El poder lo absolvió de los cargos federales, y lo puso libre de toda culpa. O casi, porque la condena estatal de Nueva York se mantiene.
Y ahí está, delincuencialmente, dueño de los destinos del mundo. Nadie se olvide de los muertos a su nombre: ni de los 32 cubanos caídos en Venezuela, ni de las más de 160 niñas iraníes acrilbilladas en su tierra, ni de los ejecutados, sin juicio previo, sobre embarcaciones civiles en el Caribe y el Pacífico; solo por recordar los desmanes más recientes.
¿Dónde está el respeto de Trump por el Derecho Internacional? Que se sepa, esos enclaves no están dentro de las aguas jurisdiccionales, ni el espacio aéreo norteamericano.
Por eso, y por mucho, ¿quién debe ser el acusado? Obviamente no es el líder guerrillero cubano, el estadista que ganó el amor de su pueblo y el respeto de Nuestra América y el mundo. A un hombre de su talla no se le mancha con infamias.

La altura ética de Raúl, su obra humanista, y su condición de héroe verdadero, son un escudo moral que lo libera de fabricar su inocencia porque supo construirla cada día durante sus más de 90 años.