Manos vacías, manos llenas

No fue en una farmacia ni en un sueño. Fue en la avenida 23, bajo el sol de marzo, y fue realidad. La gente bajaba o subía, cada cual se movía a su destino con la escasez pegada a los huesos.

Pero allí, en los predios de la Rampa habanera, había amores: una muchacha con sonrisa de niña salió al aire del mediodía y puso en unas manos la bolsa que, enseguida, llegó a las mías, vacías hasta ese momento.

A veces, al principio, el agradecimiento se hace lágrimas: eran medicamentos para los necesitados del Hospital Héroes del Baire, en la Isla de la Juventud, donde hay médicos sin jeringuillas que recetan esperanza.

La muchacha había oído hablar de la gravedad repentina de mi madre y de un viaje a territorio pinero. Entonces se ofreció y cumplió en nombre de la red solidaria «A Cuba hay que quererla».

Amado Riol, coordinador de «A Cuba hay que quererla», y Esther Lilian González, periodista e integrante del proyecto.

Lo hizo con la misma bondad con que da noticias por televisión o redacta una nota después de una cobertura, o como cuando intenta —y acaso no le alcanzan las horas— escribir los derroteros de un proyecto y de su gente: la crónica de los buenos que hoy se niegan a que ganen el cerco y el asedio.

Gracias por querer a Cuba, la crónica

Era 2021 y la Cuba entera contenía la respiración. Matanzas ardió en fuego y pandemia, y del dolor nació un gesto: vecinos salieron a ayudar a vecinos. Fue entonces cuando un grupo, encabezado por un diplomático de alma solidaria y un cantautor que puso nombre a la esperanza, empezó a tejer lo que hoy conocemos como «A Cuba hay que quererla».

La institución es una red de manos. La mano del cubano que desde Finlandia o México envía lo que tiene, la mano del Héroe de la República que ayuda a distribuir, la mano de quien dona los citostáticos que le devuelven la sonrisa a un niño con cáncer.

Allí, donde falta una llave para una terapia intensiva, un alimento para una casa de niños sin amparo o un pañal para un anciano, aparece este proyecto.

Años después, sigue creciendo. Porque querer esta tierra, para ellos, no es un lema: es una mampara que se instala en un hospital, una torunda, las sondas que humanizan días y noches; es un abrazo que burla bloqueos y distancias.

Por eso, a esta hora, mi madre respira mejor y se recupera en medio de una escasez menos dolorosa. Cuando pasa el primer impulso, el agradecimiento se vuelve palabras. Helas aquí. ¡Gracias!

A Cuba hay que quererla, y ustedes, con bondad, silencio y ternura, la están queriendo de verdad.

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