La esperanza se asomaba entre los flancos anaranjados de la tarde y el horizonte de agua más largo que se haya visto. Había buenas noticias y gratitud del lado de acá de los muros donde, hace meses, las noches son interminables.
Es Cuba, sitiada por el señor de la guerra que manda a sangrar a otros. Cegado por su propia soberbia, quiso sentarse en la mesa del destino ajeno y decretar, con la frialdad de quien nunca ha visto a un niño esperar por una cirugía: «ni una gota más de petróleo para Cuba». Lo firmó en enero, como quien firma una sentencia.
Pero la isla ya conoce oscuridades más profundas. Cuando el apretón del bloqueo se hizo más feroz, cuando las turbinas dejaron de girar y los hospitales funcionaron a la luz de la resistencia, el pueblo no dobló la rodilla y miró al sol para encender sus esperanzas en paneles renovables.
Sin embargo, la verdad es dura: sin combustible, la vida se detiene. Lo saben los enemigos, pero también lo saben los amigos. Por eso, mientras algunos escriben órdenes ejecutivas con tinta de indiferencia, otros se juegan el pellejo en el mar. Rompen el cerco. Surcan el odio. Y llegan. Siempre llegan.

El crudo ya se descarga y se traslada. La tubería tiembla; acaso no por la presión del combustible, sino por la conmoción de quien sabe que está devolviendo el ritmo a un corazón que casi se detiene.
En un quirófano de La Habana, una madre sostiene la mano de su hijo. No sabe de política. No entiende de decretos ni de bloqueos. Solo sabe que mañana, quizás, la luz no se irá en medio de la cirugía y que su niño podrá soñar con crecer.
Ese milagro no lo hizo un emperador orate; lo trajo un barco. Lo hicieron manos rusas y cubanas que apuestan por el pulso de la vida.
El petrolero Anatoly Kolodkin arribó a puerto cubano el 31 de marzo, a las 7.18 a.m. Hoy se supo que no será el último. El ministro de Energía ruso, Serguéi Tsiviliov, lo dijo con la firmeza de quien no negocia con el sufrimiento ajeno: «No dejaremos a los cubanos en apuros».
De modo que la esperanza sigue en pie, y quiero pensar que el Kolodkin, en cada milla náutica recorrida, dejó una huella, una ruta que, quizás, otros barcos se animarán a transitar.