José Antonio Kast, quien ganó las elecciones presidenciales de diciembre de 2025, con el 58.2% de los votos en segunda vuelta frente al 41.8% de la comunista Jeannette Jara, asumió la presidencia de Chile en Valparaíso como el primer mandatario de extrema derecha desde el retorno a la democracia. La jornada estuvo marcada por la solemnidad institucional puertas adentro y la tensión social en las calles.
En el Salón de Honor del Congreso, la escena replicó el ritual republicano chileno: la presidenta del Senado, la conservadora Paulina Núñez, colocó a Kast la banda presidencial y la piocha de O’Higgins, tras el juramento formal y la entrega de los símbolos por parte del saliente Gabriel Boric. A la ceremonia asistieron parlamentarios de todos los partidos, además Jefes de Estado de otros países como Javier Milei, de Argentina; Daniel Noboa, de Ecuador; de Bolivia, Rodrigo Paz; de Honduras, Nasry Asfura; entre otros; e incluso, el senador brasileño Flavio Bolsonaro o la opositora venezolana María Corina Machado; subrayando el giro político de Chile y sus nuevas afinidades en el mapa regional.
Fractura con Boric: el relevo que casi se rompe
La toma de posesión estuvo precedida por semanas de fuerte tensión entre el Gobierno saliente y el presidente electo, que terminaron por erosionar el tradicional protocolo chileno del traspaso de mando. Las descalificaciones cruzadas, las críticas de Kast a la gestión económica y migratoria de Boric y los cuestionamientos del mandatario saliente al programa ultraconservador de su sucesor desembocaron en un clima de abierta confrontación política. En ese contexto, Kast detuvo la transición ordenada de poderes, al poner en duda la participación plena de su Gobierno en los actos previos al cambio de mando. Lo que tuvo una respuesta de su contraparte.
Nunca antes, ni siquiera en el cambio entre la dictadura y la democracia, entre 1989 y 1990, se había roto el proceso entre un Gobierno y otro. Aunque finalmente se concretó la ceremonia institucional en el Congreso, la ruptura simbólica quedó expuesta en la frialdad de gestos y en la ausencia de la tradicional narrativa de continuidad republicana que suelen intentar proyectar los gobiernos en transición.
“Plan Implacable”: la promesa de mano dura
Abogado, líder del Partido Republicano y referente del mundo ultraconservador, Kast se convirtió a los 60 años en el primer presidente de extrema derecha que llega al poder desde el fin de la dictadura, luego de tres intentos de llegar al palacio de La Moneda. Su “debut político” fue para el plebiscito de 1988, donde apoyó abiertamente la continuidad del dictador Augusto Pinochet. Incluso, en su primera incursión como candidato presidencial, para las elecciones de 2017, Kast aseguró que si Pinochet estuviera vivo, votaría por él.
En su primer discurso como mandatario, proclamó: “Chile requiere orden, autoridad y disciplina. Vamos a poner fin al desorden que ha paralizado a nuestra nación”, marcando el tono de su gestión. Analistas lo comparan con Donald Trump, Jair Bolsonaro y el propio Milei, pues su discurso se apoya en tres ejes centrales: recuperar el “orden y la autoridad”, impulsar el crecimiento económico y aplicar una “mano dura” contra la migración y el crimen organizado. Sin embargo, a diferencia de los anteriores, Kast sí es político de formación y está acostumbrado a llegar a consensos. Ganar una elección no sirve de nada si luego no se tienen las herramientas o el apoyo para gobernar un país, algo de lo que el chileno conoce, pues llegó también respaldado por los otros partidos conservadores.
El presidente chileno gobernará con el apoyo de una coalición amplia de derechas, que incluye su Partido Republicano, el Partido Nacional Libertario, el Partido Social Cristiano y la derecha tradicional de Chile Vamos (RN, UDI, Evópoli), agrupados en bloques como Cambio por Chile y Chile Grande y Unido. Su gabinete, con 16 de 24 ministros no militantes pero con lazos con la derecha económica, prioriza perfiles técnicos para áreas de “emergencia” en seguridad, social, Estado y economía.
No obstante, mientras en Valparaíso se concretaba el cambio de mando, el clima en las principales ciudades venía tensándose desde días antes con la primera gran protesta feminista contra el nuevo mandatario. Miles de mujeres y organizaciones sociales marcharon en Santiago con consignas como “Unidas contra el fascismo” y “A preparar la resistencia contra Kast”, denunciando su historial de posiciones discriminatorias hacia mujeres, personas LGTBIQ+ y otras comunidades vulnerables.
Kast mantiene su narrativa de un “Gobierno de emergencia” en seguridad, migración y economía. Entre sus primeras definiciones programáticas destaca el llamado “Plan Implacable” contra el crimen —con endurecimiento de penas, cárceles de alta seguridad para líderes del narcotráfico y despliegue reforzado de fuerzas de orden— y la criminalización de la migración irregular, con promesas de expulsiones masivas y restricciones de acceso a servicios públicos para quienes no tengan documentos. “No vamos a tolerar más la invasión migratoria ni la impunidad delictiva. Chile será implacable con quienes amenazan nuestra seguridad”, aseguró desde el balcón del Congreso.
En su primer día, luego de la juramentación, ya firmó sus seis primeros decretos, centrados en reforzar la seguridad fronteriza y contener la migración irregular. Su plan ‘Escudo Fronterizo’, pretende «gestionar cambios legales para desincentivar la inmigración irregular» y dotar de herramientas a la fuerza pública para frenar el «ingreso clandestino» de personas sin documentos. El proyecto también contempla la «construcción de barreras físicas para sectores requeridos», aunque todavía no hay mayores detalles sobre los sitios donde eventualmente serán instalados. Lo que sí es un hecho es la firma de una nueva ‘Política Nacional de Cierre Fronterizo’, que aplicará en principio en el área limítrofe con Bolivia y Perú, de acuerdo a medios locales.
También dio curso al instructivo que crea una fuerza de tarea para la auditoría interna del Estado, que alcanzará a todos los ministerios e instituciones públicas y se reportará directamente al Presidente. La norma crea un mecanismo para detectar irregularidades y denunciarlas bajo una lógica de gestión de emergencia y probidad. Los otros decretos corresponden a instrucciones para tratar temas medioambientales.
Presidente José Antonio Kast encabeza el primer Consejo de Gabinete junto a ministros y ministras donde se abordaron las urgencias del país.
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— Gobierno de Chile (@GobiernodeChile) March 13, 2026
Así arranca en Chile un experimento político, que en principio durará hasta 2030, y se encuentra en sintonía con la nueva ola de derechas radicales que han ganado las urnas en América Latina. Su toma de mando abre un campo de disputa entre la promesa oficial de seguridad y “mano dura” y la resistencia de movimientos sociales que temen un retroceso profundo en derechos y libertades.