«¡Si caemos, que nuestra sangre señale el camino de la libertad!»
Miércoles, 13 de marzo de 1957, tres y veintiún minutos de la tarde. Un joven de 24 años se ajustó el micrófono y respiró hondo frente a la cabina de Radio Reloj. En las calles de La Habana las personas vivían su rutina habitual, ajenas a lo que ocurriría en breve.
José Antonio Echeverría, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), estudiante de quinto año de Arquitectura y líder del Directorio Revolucionario, habló y sus palabras se escucharon en los receptores de toda la Isla:
Fue una alocución breve y exacta, que culminaría en convocatoria a la insurrección. Pero al anunciar la muerte de Batista, este aún respiraba en su despacho de Palacio presidencial, tras una puerta secreta que lo condujo al tercer piso. El dictador estaba al tanto de que se preparaba un atentado.
En medio de la transmisión, un empleado de la emisora —confuso, quizás fiel al régimen, o tal vez asustado— cortó la señal. Las palabras quedaron truncas, y el tiempo, esa circunstancia implacable, corría en su contra.

Días atrás se había concebido el plan de los revolucionarios para el asalto a Palacio Presidencial y la toma de Radio Reloj. El objetivo radicaba en ajusticiar a Fulgencio Batista e informar acerca del hecho y, a la vez, convocar al pueblo a la insurrección. Lo hicieron sobre papel transparente.
Tres grupos de jóvenes tenían cada uno su misión definida, pero el curso de los acontecimientos no se ajustó a los planos: las defensas del Palacio estaban reforzadas, y no llegó el comando con los fusiles que debían proteger la retirada
«Porque tenga o no nuestra acción el éxito que esperamos, la conmoción que originará nos hará adelantar en la senda del triunfo».
Al salir de Radio Reloj, José Antonio y su grupo abordaron sus autos rumbo a Universidad de La Habana, pero el destino, o quizá una patrulla casual, les cerró el paso.
En uno de los flancos del recinto universitario, en la intersección de 27 y Mazón, un vehículo de la policía interceptó el automóvil donde viajaba el líder estudiantil. Se desató un intercambio de disparos. Seco, desigual y definitivo.

José Antonio Echeverría cayó abatido; allí, un sitio por donde, quizás, muchas veces anduvo feliz y risueño. Aquel día, tal vez, llevaba en un bolsillo el carné de la FEU; en la mente, casi seguro, el discurso que no pudo terminar, y en su sangre la convicción de que su muerte no sería en vano.
Muertes que son semilla
Horas después, cuando el régimen quiso esconder el cuerpo de José Antonio para evitar manifestaciones, lo retuvo en la morgue hasta la tarde del día siguiente.
Entonces fue que lo entregó a la familia, con dos condiciones: solo el auto de los padres podía acompañar el féretro hacia Cárdenas, y el entierro debía ser directo, sin cortejo, sin discursos de despedida, sin pueblo. Y así fue.
Triste aquel atardecer de jueves, hace 69 años. Era aquella una verdadera dictadura que temía a los vivos y también a los muertos: se sentía blanco de quienes luchaban por la justicia y un mundo mejor; y sabía que hay muertes que son semillas.
*Foto portada: Ricardo López Hevia