La madrugada del 17 de abril de 1961 los carboneros de la Ciénaga de Zapata dormían «acariciados por el mar como una lira de zafiro y plata», y los brigadistas «dormitaban cual palomas al pie de sus cartillas». La metralla enemiga rasgó la paz de un pueblo que solo atesoraba leña, sueños y un porvenir recién estrenado.

El poeta lo describió con sobrecogedora precisión: «Todo está en paz. El corazón espera el claro amanecer de primavera, cuando estallan su pólvora homicida sembradores del hambre y la ignorancia».
Eran los mil quinientos mercenarios de la Brigada 2506, entrenados por la CIA, que apostaron por la geografía pantanosa y la sorpresa como carta de triunfo.
Se equivocaron. No hubo factor sorpresa y el mismo pueblo que antes dormía se levantó en pie de guerra. Erraron. Así lo entendieron en menos de 72 horas.

Hoy, 65 años después, el imperialismo amenaza… Y acaso algunos se hacen una pregunta —demasiado ingenua para quien sabe de aquella gesta—: ¿defenderían los cubanos su soberanía frente a una nueva agresión?
Obviamente el escenario sería distinto: habría que enfrentar, quizás, muchas de las variantes de la guerra que la Casa Blanca ha perfeccionado; sin embargo, la respuesta no puede ser más categórica y clara.

En una sociedad que convive con la hostilidad como paisaje cotidiano hay una rutina de resistencia. Usted coincidirá conmigo en que el desánimo aflora en ocasiones —comprensible, ante las carencias y estrecheces—, pero los cubanos saben, al borde de la asfixia, quién es el verdadero culpable.
Hace poco escuché a alguien, en un barrio oscuro y pobre del Cerro capitalino, que en cada gente, acá, hay una fiera herida, y eso se respeta. Cuánta razón, a juzgar por mí misma.
Decir que Cuba se defenderá en caso de ser agredida militarmente no es amenaza ni guapería, como han calificado las declaraciones del presidente Miguel Díaz-Canel al referirse al tema.

A Cuba la acompaña una certeza: cualquier agresor externo chocará con una resistencia inexpugnable. El acto de defenderse es inherente a esta tierra. Siendo así, con casi siete décadas de asedio encima, enfrentar un nuevo golpe enemigo es nuestra segunda naturaleza.
De tal manera, si vienen, encontrarán a un pueblo caldeado y despierto que, como en aquel abril de hace 65 años, se defenderá en aras de preservar su soberanía.