El 16 de abril de 1961 quedó marcado por las cenizas de los bombardeos mercenarios ocurridos el día anterior y, acaso por eso, devino instante en que la multitud transformó el dolor en declaración de principios.

En la esquina de 23 y 12, bajo el cielo aún gris, el pueblo despidió a sus muertos y selló una definición política que marcaría los derroteros de la Cuba nueva: Fidel Castro, con la voz quebrada y la mirada encendida, proclamó que aquella era una Revolución socialista, democrática y para los humildes.
El líder ponía nombre a un proceso que hasta entonces había trascendido en reformas como la agraria, la alfabetización y las nacionalizaciones, pero sin un rótulo definitivo. La agresión externa aceleró lo que el alma popular vislumbraba.
Cuentan que allí una abuela de tez oscura repetía: «Al fin alguien se acuerda de nosotros», mientras un grupo de jóvenes abrazados coreaba «Patria o Muerte». La ideología se dejó entrever, abrió sus alas y se diseminó entre el asfalto y las nubes. Y llegó al sentir de todos. El socialismo dejaba de ser un concepto importado para volverse una promesa firmada con pólvora, lágrimas y determinación.

Y todo, fuera de cálculo por la parte enemiga. Se trataba de una proclamación nacida del hecho defensivo frente a la agresión, y que pronto sería una afirmación de identidad. Al adoptar el socialismo como bandera, Cuba se desmarcaba del mapa latinoamericano de dictaduras conservadoras y alineamientos con Washington. Aquel día, la isla partió su propia historia en dos: antes y después de la esquina de 23 y 12.
Hoy, 65 años después, el imperialismo yanqui aún no perdona: no lo hizo con los que hicieron la Revolución socialista en sus propias narices, ni lo ha hecho con los miles que somos su continuidad.
Por eso sabemos de carencias y contradicciones. Pero el proyecto declarado ese día memorable, desde el dolor y la entereza popular, sigue siendo el acta fundacional de una nación que, frente a las bombas, definió su alma.