Cuando caen bombas y las amenazas suponen el fin de los tiempos, las cuerdas responden. Y es entonces que uno cae en cuenta: es más fuerte el poder de la música.
Lo supe desde la primera vez que vi a un trovador en el malecón habanero, con su guitarra desvencijada y los ojos cerrados, cantando mientras el mar se llevaba las penas. Y hoy, cuando volví a ver a Alí en un video, y leí acerca de él, lo confirmo.
Alí Ghamsari, el iraní del tar (instrumento de cuerda pulsada de origen persa), se instaló frente a Damavand, la planta energética más grande de su país —esa enorme bestia de cemento que da luz a la mitad de Teherán— y decidió tocar.
Lo hizo no por vanidad, no por fama, sino porque Trump amenazó con bombardear puentes, centrales, la vida de millones. Y Alí, en lugar de huir, se sentó en el asfalto caliente, apoyó el mástil del instrumento contra el pecho y comenzó a rasgar las cuerdas.
Recordé las imágenes de las calles desiertas de Irán durante la guerra: polvo, silencio, ventanas tapiadas. El eco de las sirenas aún vibrando en el aire. Y en medio de la nada, un hombre con un tar caminando solo. Tocando para nadie. Tocando para todos. Porque Alí ya lo había hecho antes, en las horas más oscuras. Cuando las bombas caían como piedras del cielo, él salía a las avenidas vacías y dejaba que las notas flotaran entre los edificios heridos. No había público. No había aplausos. Solo el gesto puro de decir: aquí aún hay vida.
Así lo entiendo a más de diez mil kilómetros de donde él está. En Cuba sabemos de amenazas que vienen de lejos y golpean cerca. Y sabemos también que una canción en una puerta, en una esquina oscura o en un solar sin luz puede más que un misil. Salva la memoria. Salva la dignidad. En su pueblo, y con sus melodías, Alí lo entiende igual.
Este ocho de abril, agresores y agredidos hablan de un alto al fuego por dos semanas. Hay festejos y dudas en la tierra de Alí. Acaso él sigue bajo el sol o bajo las estrellas, con su tar de maderas ancestrales, frente a la planta que pudo desaparecer en una noche.
Y mientras toca, las cuerdas vibran y el viento esparce la melodía. No hay ejército que detenga una nota bien puesta. No hay bomba que borre un acorde que ya recorrió el mundo.