De crímenes y déspotas

El agua arrastró los cuerpos. De los mogotes bajaban riachuelos que se unían en algún punto para convertirse en torrente implacable. Por eso los restos empezaron a aparecer lejos del taller y de la zanja donde la guardia rural, con algo de tierra y piedras, sepultó los siete cadáveres.

Al amanecer, a inicios de agosto de 1958, Sergio salió para la carpintería y no volvió. Él tenía 26 años, y tenía a su madre y una novia. Las dos mujeres lo buscaron por todo el Llano de Manacas y más allá de cada punto cardinal de Viñales, en Pinar del Río. Igual hicieron las familias de los demás carpinteros que tampoco regresaron del trabajo aquella jornada.

Al tercer día un aguacero paró la búsqueda. Fue una lluvia larga y feroz, de las que hacen correr ríos por las lomas, afluentes dispersos que bajan, se funden en la llanura, y remueven y lavan la tierra.

Cuando escampó no hizo falta indagar más: los perros salieron, e iban y venían con pedazos humanos. Uno de ellos tenía en la boca una mano de Sergio y la soltó en el centro del pueblito. La madre y la novia del muchacho reconocieron el anillo, y en adelante todo fue espanto y luto cerrado: los perros ayudaron a la gente a hallar a los otros, parte por parte.

Después de las lágrimas y el horror llegó la indignación, aunque reprimida: la Guardia Rural abatió a los siete hombres porque estos, a cierta hora del día, escuchaban noticias por radio en el taller. Así se lo gritaron a las familias cuando fueron al cuartel a buscar respuestas de la masacre. No hubo acusados: los homicidas eran la autoridad.

Lo anterior es testimonio de mi madre, que vivió su niñez y juventud en esos parajes, y vive con memoria para seguir contando.

El hecho, como tantos similares a lo largo y ancho del país, no fue noticia en la prensa de la época y estaba prohibido comentarlos en público. De hecho, se hizo habitual hablar en secreto porque cualquier tema perturbaba gatillos y bayonetas: «A los esbirros les subían el sueldo en la medida que aumentaba el número de inocentes muertos», me dijo mi madre sudando a mares en su cama de enferma, pero con una lucidez meridiana.

Cierto es que La Habana y otras capitales del país destellaban por sus luces, autos del último modelo y edificaciones confortables; pero, en sentido general, no pasaban de ser orgías, festines donde se apretaban manos llenas de sangre, mientras un presidente repetía al público: «¡Salud!, ¡salud!».

Aun así, con la hipocresía flotando en el aire y el silencio forzado a punta de cañón, todo se sabía, se vivía desde años antes. Y la gente empezó a entender de rebeldía. Cuba no era para los 600 000 cubanos que no tenían empleo ni para los 500 000 campesinos que trabajaban tres o cuatro meses al año, pasando el resto sin tener dónde ganar su sustento. El país tenía una mortalidad infantil superior a 60 niños fallecidos por cada mil nacidos vivos, la esperanza de vida no rebasaba los 55 años de edad y los analfabetos eran mayoría.

Por eso se gestaba una revolución. Por eso, en 1953, Fidel Castro lideró las acciones del 26 de julio: lo hizo por la dignidad y, sobre todo, por la vida de un pueblo. Tras el revés del movimiento revolucionario, la tiranía capturó y asesinó a más de 70 jóvenes sin juicio previo —matar era una vieja costumbre—.

Fidel y un grupo de compañeros de lucha fueron a prisión, después al exilio, luego a la Sierra Maestra y, el primer día de 1959, el tirano y sus testaferros se fueron, se fueron porque tenían motivos y era la única opción luego de años de carnicería, saqueo y  servilismo.

Se hizo la Revolución, hubo transformaciones y, 67 años después, el imperialismo yanqui no perdona

Agosto de 2026. Casi 70 años de bloqueo y cinco meses sin adquirir combustible. Es verano, el calor es inaguantable. EE. UU. anunció nuevas sanciones que endurecen el genocidio. No van a parar. Hay más de siete mil contenedores con alimentos y medicinas sin llegar a puerto cubano por temor a las represalias. Las comunicaciones —celulares, internet y teléfonos fijos— apenas funcionan. Ojalá nadie se enferme, me digo, pensando en los hospitales. Hay poco dinero en efectivo, escasea la comida y apenas se puede dormir.

Pero la serenidad se mantiene, al margen de todo, y de la indignación que supone leer: «Se podrían encender las luces mañana si eligen soltar el poder», frase de Joshua Treviño en Fox News y que Washington amplificó oficialmente. Lo hicieron hace unas horas, con Cuba entera apagada, tras una nueva desconexión del Sistema Eléctrico Nacional, porque ellos impiden la adquisición de petróleo.

¡Abuso, chantaje y crimen! En Cuba no puede haber una mejor gestión del Estado ni el cubano puede tener una vida mejor. El mismo Gobierno estadounidense, en palabras de Marco Rubio, lo reconoce: «Cada vez que encuentran una salida, la cerramos».

El odio, la maldad y la avaricia se imponen. Es difícil, la población sufre: cumplen esa parte del diseño. Pero la otra, la que habla de un supuesto abandono de poder, de que «se vayan» a cambio de devolver la luz al archipiélago, esa es más difícil. Entre otras cosas porque es criminal y muy sucio el juego, demasiado como para, por este, entregar la soberanía de la nación a déspotas y matones peores que los de otrora.

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