A propósito del medioambiente, las abejas de mi vida

Hay una isla donde los especialistas del medioambiente aprendieron a hacer milagros: cada año evalúan el desempeño de los territorios en tal sentido. Salen al campo, revisan los planes de manejo, visitan áreas protegidas, comparan lo escrito con lo visto, hacen fotografías y toman notas.

En occidente, un guardaparques les cuenta cómo ha debido improvisar cercas con madera de derribo porque los alambres no llegaron. En oriente, otro se quita el sombrero y habla de la Tarea Vida, «que marcha a duras penas. Cada drenaje que se limpia, cada comunidad reubicada, cada muro de contención, compite por recursos con hospitales, escuelas y la agricultura», explica como sabe y puede. Se entiende: mientras en cualquier otro país del mundo se compra por catálogo, en Cuba se inventa, se repara, se estira.

El bloqueo, el cerco, las medidas asfixiantes del Gobierno de los Estados Unidos contra Cuba cumplen sus objetivos en buena medida; y a la gente no le queda de otra que construir su felicidad, como sugirió la UJC hace poco.

Acaso por eso —y porque alegra ver felices a los demás— los especialistas de medioambiente seleccionan los territorios del país con mejores resultados. Y, quizás por lo mismo, ahora a mí se me ocurre desviarme un poco del tema.

Mi padre y las abejas

Resulta que yo conocí la luz eléctrica a los nueve años, cuando nos mudamos lejos, a una casa que le dieron a mi padre cerca de la mina donde consiguió trabajo. Fue un ocho de noviembre el día que dejamos atrás el paraje que habitamos hasta entonces.

Era un paraíso aquel lugar, en los confines del mundo vueltabajero: con ríos y mogotes a la vera de la casita de tabla de palmas, y cuanto pájaro, anfibio, reptil y roedor pueda imaginarse. También había abejas, fuente de «la prosperidad» familiar, culpables de la única bronca entre mis padres que presencié en toda mi vida, y protagonistas de esta historia.

Las primeras que vimos de cerca mi hermano y yo libaban aguinaldos en una enredadera pegada a un horcón del portal. Después, cuando nos atrevimos a bajar y subir la loma de un costado de la casa, nos encontramos con el colmenar de mi padre: eran más de 30 cajones de bacalao repletos de panales llenos a reventar de huequitos tapados con miel adentro. Y con muchas abejas que volaban de las flores a los cajones, y viceversa.

El tiempo era claro, y a nosotros se nos iba entre las manos. Mi madre, casi una niña, oía novelas y trabajaba mucho. Pero lavaba, más que todo lo demás. La soga —amarrada de una punta al horcón de los aguinaldos, y de la otra al naranjo que abría paso a la pendiente de las colmenas—, con sábanas blancas tendidas al sol, sobresalía entre las cortinas verdes del paisaje natural. Aquello que, además de la vista, desprendía un aroma exquisito se repetía más de la cuenta, como decía mi padre; y encantaba a las abejas.

La predilección de las Apis mellifera por los olores dulces y florales añadía algo singular a la belleza del día a día: siempre volaban entre la ropa limpia, o se posaban en la soga, mansas; y luego volvían a su colonia.

Me figuro que así habría sido siempre, de no ser por la mala decisión de mi madre una tarde en que la tendedera se puso negra porque esa vez ninguno de aquellos insectos ignoró el llamado de la fragancia. Impulsada por su costumbre de remediarlo todo, ella cortó la soga: las sábanas blancas cayeron sobre la yerba viva, y un enjambre gigantesco se levantó e invadió la casa. Mi hermano y yo vimos hasta ahí, porque, al margen de la confusión, ella se encargó de ponernos a salvo. Solo escuchábamos.

¡Es el olor a jabón, Caridad, como siempre! ¡Avemaría, mija, ¿y los muchachos? —oímos gritar a mi padre que, por el alboroto de mi mamá, los perros y los cerdos, dejó lo que estaba haciendo en el arroyo y subió como un rayo—: ¿Por qué picaste la soga? ¿Viste? ¡Las asustaste! ¡Y a ellas el susto les envenena la sangre! —decía y maldecía él, a voz en cuello—: ¡Por tu culpa te van a comer a ti! ¡Y se van a comer los animales! ¡Y trata de que no piquen a los muchachos! A mi madre la sentíamos defenderse de él y de las abejas.

El «tanging» es una práctica ancestral que consiste en golpear una olla de cobre con una cuchara para apaciguar los enjambres de abejas. Era el método de mi papá: fue el toque de caldero más largo del mundo, y puede que haya logrado aplacarlas, pero esa vez después de un vuelo demasiado lejos como para volver a acordarse de ellas, y de los $1.20 pesos de paga que recibía por cada lata de gas llena de miel.

Nosotros salimos del escondite, ilesos. Mi papá exprimió con sus manos algunos de los panales abandonados y regaló el resto. Semanas después pasó la hinchazón y sanaron las llagas de quienes no tuvieron la suerte de mi hermano y mía; pero a mi madre se le caía el pelo a montones y el cerdito más pequeño perdió la cola.

La pelea de Mima y El Yeo —así les digo desde que aprendí a hablar— duró hasta que mi padre cogió una virgencita que tenían al lado del radio, y la tiró contra la palma real de enfrente: la hizo añicos. Luego, ambos, vieron con nuevos ojos los aguinaldos posados sobre los cajones vacíos.

Mi padre se hizo minero y por eso nos mudamos. Al llegar al barrio nuevo vi por primera vez un televisor y bombillos encendidos en el techo. Abracé un poste de luz, pegué el oído, y me pareció escuchar el ruido metálico trayendo la electricidad. Fue el día que cumplí nueve años.

Aquel era un pueblito rodeado de pinos, lo cual mi padre aprovechó para plantar otro colmenar. Hubo miel para todos, hasta que la mina empezó a desprender unos gases con olor picante y ácido que llamaban «tufo». El tufo acabó con todo lo verde allí, y a las abejas de mi papá les dio por alzarse a lo más alto del poste de luz, acaso buscando un mejor oxígeno. Entonces nos pusimos debajo a tocar cazuelas, pero ellas no se posaron: subieron y subieron hasta perderse en el cielo. «Es mejor, el tufo las envenena», se consoló con tristeza el dueño.

Los obreros de la mina de perforación y extracción de pirita Julio Antonio Mella, en Pinar del Río, trabajaron así un tiempo, hasta que decidieron cerrarla. Luego, las lluvias de un año y otro y otro le devolvieron el color a los pinos, abrieron nuevos horizontes a la gente del lugar, y cuentan quienes se quedaron que volvieron mariposas; mas de abejas no se sabe.

La Habana, abejas y mieles

Corre 2026. En el apartamento de mi hija hay abejas, siempre. Ella lava como lavaba mi madre, con la misma frecuencia y blancura, quiero decir. Lo hace con cápsulas y perlas: huele a rosas y a jazmines la ropa tendida, y ellas habitan ahí, mansas.

Mi hija y yo vamos a ver a mi padre con frecuencia, y le contamos. Él vive con un enfisema pulmonar derivado de sus andares en las minas. Es dependiente de la miel, por los catarros. Nosotras se la compramos a un precio a veces impagable, de no existir las colectas.

Yo ando casi todos los días entre abejas en el décimo quinto piso de un edificio en la avenida Infanta. Las miro con mis «fondos de botella», y son melíferas. Entonces quiero pensar que subieron buscando un mejor oxígeno, pero que tienen flores y colmenas a donde volver, y mucho trabajo.

Hay más de medio siglo entre las abejas de mi padre y estas. Ojalá nunca le toquen un pelo a mi hija. Ojalá hayan evolucionado al punto de que nada —ni susto, ni violencia, ni hedores— les envenene «la sangre». Ojalá nunca se vayan.

Tomada de Al Mayadeen.

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