No tuvieron manual que los enseñara. Surgieron de una necesidad urgente, al calor del triunfo de la Revolución cubana.
Era el 26 de marzo del Año de la Liberación, mas la amenaza seguía en el horizonte. Por eso nacieron los Órganos de la Seguridad del Estado (OSE), cuya nomenclatura se consolidó en los días en que Cuba aún olía a pólvora recién disparada.
La agresión mercenaria por Playa Girón quedaba atrás, pero dejó la certeza de que defender la isla no era solo cuestión de fusiles, sino de inteligencia, de paciencia, de saber leer las sombras. Así comenzaron a ser la memoria alerta de una Revolución que sabía que el imperio no aceptaría su derrota.
Los primeros miembros fueron aquellos muchachos que habían bajado de la Sierra, los mismos que habían combatido en el llano; y luego los que habían aprendido en carne propia que el enemigo no solo ataca de frente, sino también desde la mentira, la infiltración, el terror.
A ellos se les dio la misión más difícil: cuidar los sueños de todo un pueblo desde el anonimato. Sin discursos, sin honores visibles, con la única recompensa de saber que detrás de cada plan desbaratado había una madre que seguiría abrazando a sus hijos, una zafra que llegaría a puerto, una mañana que amanecería en paz.
Durante décadas, los OSE tejieron la red invisible que protege a la nación. Sus armas fueron muchas veces la paciencia, la sagacidad de quien se infiltraba en las filas enemigas, el coraje de quien acepta ser llamado traidor para seguir siendo fiel y, por el llamado de la patria, vivir con dos nombres, dos historias, dos vidas.
Hace 67 años surgió este cuerpo que contó, y cuenta, con hombres y mujeres leyenda. Algunos jamás han cumplido una misión encubierta y, sin embargo, son igual de imprescindibles: el guardafronteras que aprendió a leer las olas en la madrugada, el analista que pasa noches en vela descifrando señales, el agente que entrevista y separa la verdad del engaño. Todos ellos, desde sus trincheras, hacen posible que sigamos siendo un país soberano a 90 millas del imperio.
Hoy, cuando las amenazas vuelven a recrudecerse y la retórica belicista se cuela en la cotidianidad, ellos siguen en sus puestos.
No han cambiado mucho las cosas desde aquellos primeros días: Cuba aún es codiciada, el enemigo es el mismo, y los miembros de los OSE continúan activos, convencidos de que la patria que protegen es, al fin y al cabo, su única razón de ser.