Nada es para siempre

El 12 de agosto fue declarado por la Asamblea General de las Naciones Unidas como el Día Internacional de la Juventud en 1999.

De esta manera las juventudes se agenciaron una fecha en el calendario mundial: una celebración de marcada relevancia, sin dudas.

No pasó por alto en Cuba, a pesar de las múltiples razones por las que todos tenemos que ocupar el tiempo en otros temas de atención obligada.

Y es que se trata de la juventud, de esa edad en que nada parece imposible y los desafíos suelen convertirse en propósitos. Y por eso fue válido el alto, detenerse y celebrar por esa etapa de la vida que es dada a la revolución constante de ideas, a la siempreviva del pensamiento y la acción.

Por muy ajeno que parezca, dada la dinámica de la realidad cubana actual, durante la jornada no pocos insistieron en la necesidad de incrementar el conocimiento sobre la situación global de la juventud y la comprensión sobre sus necesidades y aspiraciones. Y, entre lo más importante e impostergable, enfocarse en salvaguardar lo más preciado que aún posee la sociedad.

Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate
Foto: Presidencia Cuba
Foto: ACN

¡Que viva la juventud! Y que sueñe: que nadie vea un error, por ejemplo, el hecho de que Vivian y José Luis, veinteañeros recién graduados, hayan decidido tener un hijo: «No fue planificado. Sí, lo pensamos bastante, la situación está cruda, pero nada es para siempre», me respondió ella: me dio un título, y yo la vi crecer, doblada; pero como el junco de la vieja canción, himno mundial en tiempos de pandemia y muerte.

Que ría y siga Raidel, que ya casi es ingeniero, echando a andar viejas y nuevas plantas eléctricas domésticas para que la gente conserve la comida y encienda alguna luz y un ventilador. Que no se cansen nunca los muchachos que levantan una y otra vez el Sistema Eléctrico Nacional.

Foto: Juan Pablo Carreras/ ACN
Foto: Presidencia Cuba
Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate

Que los deportistas continúen entrenando e imaginando competencias mundiales y medallas en sus pechos. Que los productores de hortalizas, unos mellizos idénticos, casi niños, lleguen siempre en las mañanas con la carretilla llena al hogar materno de mi calle.

¡Que los médicos no se rindan! ¡Ninguno! No ahora, en estos meses de calor, vectores y peligro real. ¡Que vivan los niños!, los jóvenes de mañana. Que Thiago, mi maestro de cinco años, nunca pierda el interés por la guitarra y que, alguna vez, yo logre verlo tocar en un escenario lleno de fanáticos… y muchas luces.

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