Las tazas sobre el mantel
La lluvia derramada
Un poco de miel, un poco de miel
No basta
El eclipse no fue parcial
Y cegó nuestras miradas
Te vi que llorabas
Gustavo Cerati
—David está enreda’o —me suelta el padre, después de un silencio breve. No hizo falta preguntar más. El silencio ya lo había dicho todo.
David tiene 28 años. Lo conozco desde niño, fuerte como un roble. Pero la fortaleza, a veces, es engañosa. Los ganglios en el cuello fueron la primera señal. Luego las pruebas. Luego ese veredicto que nadie quería escuchar: cáncer grado tres, con el hígado ya involucrado.
Su padre y yo nos miramos. Sin palabras. Él, que recibió la noticia hace días, ya recuperó el aliento. Por eso puede seguir hablando. Por eso se ocupa.
—Ahora van a empezar a darle quimioterapia… bueno, después del día 24, cuando me lleguen las botellitas que hay que ponerle en cada suero, porque en el hospital no hay. Las conseguí. Todo aparece, dinero mediante —dice, y se persigna.
—Yeny se derrumbó al principio. Ahora tiene esperanza, los médicos hablaron con nosotros —agrega, y yo siento que necesito sentarme. Yeny, una madre que perdió el sueño y ahora cuenta los días; Jorgito, el padre que no lo piensa y negocia con angustia.
Y David —si ustedes conocieran a David—, empezando a vivir. Él, como su papá, es Ingeniero Agrónomo. Hasta hace menos de un mes cultivaba y vendía girasoles en el patio de su casa, sin perder su postura de profesor y príncipe. Una familia amiga ante un fuerte desafío.
—Después del día 24 —repite el padre, en cada llamada, aferrado al almanaque, aunque ya sabe que Cuba reactivó la producción de medicamentos citostáticos.
Tras una inversión para ampliar la capacidad de Laboratorios AICA, de La Habana, se prevé garantizar el suministro de 16 fármacos esenciales para el Programa Nacional de Atención al Paciente Oncológico.
—La noticia llegó a la sala y alegró a todos. Lo que pasa es que esas producciones son un proceso, llevan tiempo, y esto no espera —habla con realismo, casi con crudeza. Pero yo sé que él sabe que dentro de esos laboratorios, a contrarreloj y con recursos mínimos, se gestan los fármacos vitales para el tratamiento de otros enfermos, más tarde.
—Ustedes no se preocupen, David está como si nada, come bien y mantiene el optimismo, sin mucha conciencia del peligro. Cualquier novedad yo te llamo —me asegura casi al despedirse.
La esperanza está a flor de piel, la de ellos y la mía.
Y el muchacho está en buenas manos: en las de sus padres, par de gladiadores en medio de la nada impuesta por el imperialismo; en las de los médicos de batas blancas; en las de la industria biofarmacéutica nacional, y sus hombres y mujeres que son orgullo y salvación, aun en los tiempos más tormentosos.
Jorgito sabe que empecé a escribir la saga de David en esta pantalla que ha contado tantas batallas. Yo no me persigno, nunca aprendí; pido a mi modo que los días vuelen y llegue el 24, y que la ciencia cubana, otra vez, haga de las suyas.