La Federación de Mujeres Cubanas (FMC), fundada el 23 de agosto de 1960 en pos de la igualdad y emancipación de la mujer, cuenta hoy entre sus afiliadas con Anita, una fundadora de memoria envidiable.
Ella vive en la calle Emilio Núñez, esquina Aguirre, al frente de la bodega de su barrio y muy cerca de un cartel que dice «El Cerro tiene la llave». Anda esos predios porque los médicos le indicaron caminar un poco al aire libre todos los días, luego de una operación de pulmón.
Me lo contó esta tarde, cuando la conocí. Regresaba a casa después de tomar su dosis de oxígeno prescrita. Tiene una edad en la que se acentúan los deseos —y la necesidad— de conversar, y yo le correspondí: me recordó a mi madre y, además, me pareció haber encontrado lo que estaba buscando. Así, terminamos sentadas en un sitio cómodo y ventilado; y abrió su corazón.
«¿La Federación? Bueno, te puedo decir que ha sido una guía para mi vida. Yo tenía doce años cuando la fundación. Y con esa edad me incorporé. Se podía, aunque una no llegara a los catorce. Acuérdate, en ese tiempo estaba el empuje, la alegría tan grande que llegó con la Revolución, y uno se sumaba. Mi madre y mi padre, contentos. Desde entonces soy federada, orgullosamente; aunque creo que en estos tiempos la organización casi no se siente, cuando hace tanta falta», respondió, e hizo una pausa, como esperando preguntas para no decir ni más ni menos.
«Ante todo: ¿tú me vas a creer si te digo mi nombre?», interrogó, y yo le dije: «¡Anjá!».
«Yo me llamo Ana Betancourt». Sonrió con ojitos dulces, y después siguió sacando su historia a luz, aunque, acaso, no por primera vez.
«Yo nací en 1948, en Ciego de Ávila, pero mi papá vino para La Habana casi al nacer yo. Mi padre se llamaba Arnaldo Betancourt y era cañero. Habían matado a Jesús Menéndez, se conocían, eran compañeros de lucha, ¿me entiendes? Y bueno, allá corría peligro y por eso lo mandaron para acá, para una casita en Manríquez, en Centro Habana. Ahí crecí».
—¿Algún recuerdo especial de Manríquez?
«Muchos, claro. Pero ¿qué decirte? Mira, yo no tuve ni un juguete en mi vida, no sabía jugar; aunque en esos momentos no me daba cuenta. Hubo un tiempo, años, de misterios y pujilatos en la casa, en la calle. Mi papá y otros hombres, a veces, estaban escondidos y mamá les hacía comida y yo llevaba las cantinas. También me tocaba cuidar a mis hermanos chiquitos. Y algo que me gustaba mucho era que nos celebraban los cumpleaños; siempre conseguían dulces y refrescos, y papá estaba con nosotros».
Arnaldo Betancourt murió unos años después del triunfo de la Revolución: no fue preso ni lo mataron los batistianos por mucho que lo persiguieron. Falleció de pronto en un cañaveral, a mitad de zafra; y Anita se sintió tan sola que enseguida se casó con José Castellanos, alias Camba, el nombre de guerra que lo acompañó desde la Clandestinidad hasta su deceso, en 2002.

«¿Entonces? Pues entonces vivíamos aquí, en El Cerro, en esta casa. Los cuatro hijos de nosotros ya estaban grandes. Fue muy duro de todas formas. Menos mal que yo estaba curada después de que me enfermé de los nervios, porque al mayor de los muchachos, José Arnoldo, me lo mandaron para Angola —estuvo 27 meses en Cangamba, y en todo ese tiempo llegaron apenas cinco carticas de él—, ¿entiendes?»
—¿Y nunca trabajaste, Anita?
«Supondrás que como una mula», manifestó.
—Sí, claro —dije bajito, con un poco de vergüenza. Pero luego puntualicé:
¿Trabajaste en la calle? —quise decir—. ¿Algún oficio?
«Me hice pedicura y trabajé en hospitales, consultorios y donde quiera y a la hora que me llamaran. Tú no te imaginas la cantidad de diabéticos agradecidos que todavía hay por ahí. También ganaba mi dinerito cosiendo, hacía jabas y otras cositas que se vendían bien. Ya no, por la vista que no me acompaña mucho».
La Ana Betancourt que conocí esta tarde no solo lleva el mismo nombre de otra mujer cubana que se le adelantó en el tiempo. Heredó también la estirpe de la patriota, la primera en la historia en alzar la voz a favor de la mujer.
«Orgullosa, sí: de ser la mujer que fui, de la esposa, de la revolucionaria que fui y sigo siendo, aunque me quedan pocas fuerzas», aseguró, bajó la vista con pudor, y exclamó a ras del llanto: «¡No sé por qué he bajado tanto de peso, chica!». Pero enseguida recuperó la entereza y el tono.

«Tengo cuatro hijos, ocho nietos y nueve bisnietos. En mi casa vivimos 16 personas y, al menos los niños, comen todos los días. Cada uno tiene su escuela, los grandes tienen su trabajo; y lo más importante: en mi familia hay paz, respeto; yo vivo para eso, ¿me entiendes?»
Las últimas movilizaciones de la FMC protagonizadas por Anita —recuerda— fueron cuando el refrendo donde se aprobó el Código de las Familias, y en la recepción de ayuda para los damnificados del ciclón que hace poco más de un año dejó bajo agua parte del oriente cubano. Y dice que así, con sus 78 años a cuestas, le gustaría hacer más: le preocupa la juventud, por ejemplo, expuesta a los males derivados de la crisis.
—Perdona, pero yo tengo una pregunta que no viene al caso —son cosas mías, algo personal contra el calor— ¿Puedo?
—¡Anjá! —se mostró curiosa.
—¿Duermes con ventilador?
«Sí, el ratico que le dura la carga. Y lo comparto en la misma cama con mis nietas gemelas que ya tienen catorce años».
—¿Y ya son federadas ellas?
«No. Todavía. Faltan unas horas. Lo serán a partir de mañana, 23 de agosto».
Entonces nos despedimos. Ella se levantó y yo también. Nos agradecimos mutuamente y tomamos nuestros rumbos, cada una con un poco de agua salada en las mejillas.