Cada vez que me asomo a la historia de Cuba, vuelvo a la misma certeza: la grandeza de los cubanos ha florecido siempre en medio de la tormenta. Y pocas imágenes resumen mejor esa verdad que la de aquel bote estrecho y pequeño, meciéndose en la noche tempestuosa del 11 de abril de 1895, con Máximo Gómez al timón y José Martí remando «muy mal, a la desesperada», como se sabría después.

Pasados 131 años de aquel audaz desembarco en Playita de Cajobabo, volvemos a mirar ese instante fundacional como un espejo urgente y protector.
Entonces, la guerra había comenzado. El 24 de febrero de 1895 la Revolución había estallado, pero no todos los partes eran buenos. La esperanza dependía de que dos hombres, con lo puesto, burlaran el cerco colonial.
Hoy no tenemos casacas españolas acechando nuestras costas, pero sí un bloqueo económico que es, en esencia, la misma lógica del ahogo: impedir que un pueblo decida su destino. Tenemos campañas de desinformación digital que pretenden vestir de fracaso lo que no es más que resistencia ante las artimañas del vecino norteño. Y tenemos aquella lección de heroicidad.
Fidel la llevaba a flor de piel. En 1976, en una entrevista con Santiago Álvarez, el Comandante se preguntaba, mirando aquellas mismas piedras de Cajobabo: «¿Cómo pudieron encontrar esta playita?». Y se respondía: «De puro milagro».
Pero el milagro, en nuestra historia, ha sido siempre la voluntad. Martí, con las manos ampolladas por el remo, cargando su mochila y el retrato de una niña a la que quería junto a su pecho, no se quejó ni una sola vez en su Diario.
Escribió, en cambio: «Solo la luz es comparable a mi felicidad». Tocaba tierra cubana. Esa misma luz es la que acompaña a millones de cubanos en medio de la adversidad.
La encuentran en hechos concretos: en el médico que atiende con lo que tiene, en el maestro que no abandona el aula, en el cuentapropista que produce sin especular, en el joven que se queda a sembrar en lugar de irse a sembrar odio desde fuera.
Porque ser revolucionario en la Cuba actual es ser como aquellos hombres del bote, asumir la responsabilidad como un acto imprescindible y definitivo.
«El riesgo común nos ha unido bien, y —por ahora— he dejado de sufrir», escribió Martí antes de volver a pisar su patria: sabía que la lucha, por dura que sea, libera.
Cajobabo es una actitud ante la historia: la de llegar a tiempo, aunque sangren las ampollas y el mar se funda con la lluvia, aunque el enemigo tenga armas inteligentes y acá haya solo un bote pequeño y seis corazones multiplicados.
Por eso, cada 11 de abril, cuando recordamos aquel desembarco, estamos reconociéndonos a nosotros mismos. Porque la patria que soñaron Gómez y Martí —libre, justa y soberana—, mientras surcaban aquella marea feroz, está en pie; a contracorriente, pero sigue en pie.