Entre sanciones, presiones y alianzas volátiles, Washington insiste en un discurso de diálogo que se topa una y otra vez con los límites de su propio poder. Irán, el conflicto entre Rusia y Ucrania y la agresiva israelí en Gaza muestran un mismo patrón: el intento estadounidense de controlar los procesos de paz en lugar de promoverlos. Estados Unidos atraviesa un laberinto diplomático contradictorio.
Donald Trump, en su segundo mandato, intenta recomponer una imagen de estadista global. Habla de acuerdos, de resolución de conflictos y de un orden internacional más estable, pero sus métodos basados en sanciones, presión militar y defensa de intereses geopolíticos, terminan generando el efecto contrario. Su discurso de paz convive con una política exterior agresiva.
Mientras tanto, dentro de su país, su popularidad se desploma. Las encuestas indican que, tras un año de su segundo mandato, solo hay un presidente más impopular: él mismo durante su primera etapa de presidente. Una encuesta publicada por el medio alemán Deutsche Welle señala que más del 60 % de los estadounidenses desaprueba su gestión.
El endurecimiento migratorio es otro frente abierto que ha causado malestar social interno.
El asesinato de Alex Pretti y Renee Nicole Good, dos ciudadanos estadounidenses, a manos de agentes federales de inmigración ha conmocionado al país, provocando protestas y encendiendo pedidos de rendición de cuentas. Pero Pretti y Good están lejos de ser las únicas muertes relacionadas con la aplicación de las leyes de inmigración. De acuerdo a datos de Al Jazeera, al menos seis inmigrantes han muerto bajo la custodia de la agencia de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) ya en 2026, y una séptima persona recibió un disparo mortal de un oficial de ICE fuera de servicio.
Además, durante una comparecencia ante el Congreso, Todd Lyons, director interino de esta agencia federal de inmigración, informó que han detenido a 379.000 personas entre el 20 de enero de 2025 y el 20 de enero de 2026. Para la oposición progresista, personificada en Bernie Sanders, senador por Vermont, estos abusos son el reflejo de un sistema “inhumano que criminaliza la pobreza y la migración”, según declaró en entrevista con El País, donde además advirtió sobre el deterioro moral de la administración Trump.
Irán: la diplomacia bajo sanciones
El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, admitió que las acciones de su departamento ayudaron a causar la crisis del dólar en Irán y desencadenaron protestas masivas. Una excusa que sirvió para que Trump amenazara con intervenir militarmente en el país, y más adelante volviera a retomar las exigencias relacionadas con los programas nuclear y de misiles. Las declaraciones han confirmado lo que el canciller iraní Abbas Araqchi llamó una “política de doble carril”: diálogo por un lado, castigo por el otro.
Eso se evidenció, además, tras las conversaciones indirectas entre Washington y Teherán, en Mascate, Omán, sobre el programa nuclear. Mientras los diplomáticos discutían, Estados Unidos imponía nuevas sanciones económicas contra sectores energéticos, petroquímicos y bancarios iraníes. Desde Teherán, el líder supremo Alí Jameneí llamó a la población a conmemorar el 47.º aniversario de la Revolución Islámica como un acto de soberanía y resistencia ante las presiones externas. En su mensaje televisado insistió en que “la fuerza de un país no reside sólo en sus misiles, sino en la voluntad de su pueblo”. El tono reafirmó que Irán no cederá su derecho al enriquecimiento de uranio, tema central del desacuerdo con los estadounidenses.
Israel, mientras tanto, presiona desde Washington. El primer ministro Benjamín Netanyahu voló a la capital estadounidense para influir directamente en el rumbo de los diálogos, alimentando las advertencias de Teherán sobre la “injerencia destructiva” israelí. Así, el aparente proceso de paz se transformó en un escenario de poder, donde Trump buscó el mérito político más que el entendimiento real.
Rusia y Ucrania: el espíritu traicionado de Anchorage
En el frente de Europa del Este, la administración Trump promovió negociaciones entre Moscú y Kiev, con mediación estadounidense. De esos encuentros nació el llamado “espíritu de Anchorage”, un marco de entendimiento que parecía abrir la posibilidad de una salida negociada. Pero la esperanza duró poco. En una entrevista exclusiva con RT, el canciller ruso Serguéi Lavrov reveló que durante la reunión de Anchorage los presidentes Putin y Trump alcanzaron un principio de acuerdo aceptado por Moscú “como gesto de compromiso”, aunque posteriormente “la Unión Europea y el propio Zelenski cambiaron lo acordado”.
Lavrov calificó de “desvergonzadas” las declaraciones del presidente ucraniano y lo acusó de “temer la paz porque ella significaría el fin de su carrera política”. Más tarde, en conversación con TV BRICS, el ministro añadió que Washington “no muestra voluntad de cumplir los compromisos que promueve”. Pero detrás de las disputas políticas se esconden los intereses económicos. Estados Unidos y Canadá firmaron en mayo de 2025 un acuerdo estratégico con Ucrania para el abastecimiento de minerales críticos como litio, titanio y tierras raras, esenciales para la industria tecnológica y militar. Este convenio beneficia directamente a las empresas estadounidenses que buscan reducir su dependencia de China. La guerra, así, se mezcla con la competencia global por los recursos.
Por su parte, la Unión Europea observa con desconfianza, y no ha sido incluida en la mesa de diálogo. Las tensiones con Washington han crecido tanto que, para buena parte de la opinión pública europea, Trump ya es visto como un “enemigo”. El viejo vínculo atlántico se resquebraja al ritmo de sus diferencias. Los «aliados» europeos debaten su dependencia militar con la nación norteamericana, en medio de la crisis de liderazgo interno que atraviesa la OTAN, debido a la falta de cohesión frente a la estrategia de Trump. Esa fractura se amplía con las nuevas prioridades estadounidenses en el Ártico y su interés por hacerse del control de Groenlandia, un territorio semiautónomo de Dinamarca.
En este sentido, su política económica proteccionista ha empujado al bloque europeo a buscar nuevos socios estratégicos, especialmente en Asia y América del Sur, al firmar grandes acuerdos comerciales con la India y Mercosur, aunque en el caso de este último bloque, el acuerdo comercial aún espera ratificación final.
Gaza: una paz firmada en papel, incumplida en el terreno
Los modelos de negociación promovidos por Estados Unidos siguen un patrón: la centralidad del poder estadounidense y la exclusión de las voces locales. El caso palestino lo confirma. Los planes de paz impulsados bajo la era Trump prometieron “acuerdos históricos” entre Israel y el mundo árabe, pero el resultado fue otro: la consolidación del control israelí sobre territorios palestinos y el aislamiento de Gaza.
Las lecciones de esa experiencia son elocuentes. La reapertura del paso de Rafah, que conecta Gaza con Egipto, fue presentada como símbolo de avance en los acuerdos de paz entre Israel y Hamás. Sin embargo, solo los palestinos “aprobados” por Egipto e Israel pueden cruzar, y bajo estrictas condiciones. El personal médico, las ONG y la prensa denuncian restricciones severas. UNRWA advirtió que los trabajadores humanitarios enfrentan un “embargo informativo” y grandes dificultades para distribuir ayuda. Médicos Sin Fronteras confirmó que deberá abandonar Gaza a finales de febrero por orden israelí, tras negarse a entregar datos sobre sus empleados.
“Estamos sin insumos, sin libertad de movimientos y con peligro permanente”, declaró la coordinadora Claire Nicolet en una entrevista reciente a Al Jazeera. En los hospitales del enclave, la situación es dramática. Solo cinco pacientes pudieron salir el primer día, para recibir tratamiento en el extranjero, desde la reapertura de Rafah, frente a los cincuenta diarios previstos en el acuerdo de tregua. El director del hospital Al Shifa estima que hay 20.000 personas —entre ellas 4 500 niños— que necesitan atención urgente.
Por su parte, la ONU denuncia que Israel mantiene el cierre a la entrada de ayuda internacional. Las autoridades israelíes, entretanto, avanzan con nuevos planes urbanísticos. El régimen sionista presentó un proyecto de anexión de territorios en Cisjordania, mientras en Davos el yerno de Trump, Jared Kushner, promocionaba un ambicioso proyecto inmobiliario para “reconstruir el nuevo Medio Oriente”, ligado a inversores israelíes y emiratíes.
Cuando la diplomacia se subordina al interés de un solo actor, la paz se transforma en una herramienta de dominio.
Lo que en los discursos se anuncia como reconciliación se traduce, en la práctica, en más desigualdad y más conflictos latentes. En Irán, en Ucrania y en Gaza, la retórica de Washington sobre la paz oculta una realidad de presión, sanciones y control. Trump negocia sin ceder, promete sin cumplir y busca la paz sin renunciar al poder. En esa contradicción está contenido el viejo dilema de Estados Unidos: querer controlar el mundo y, al mismo tiempo, ser aceptado por él.