Este 5 de noviembre, Día Internacional de las Personas Cuidadoras, nos pone sobre la mesa dos verdades incuestionables. La primera es que Cuba tiene ante sí un reto que crece con el paso de los años; la segunda: el cuidado sostiene la vida.
El país posee un 26,7 % de su población con 60 años o más y se consolida como la nación más envejecida de América Latina y el Caribe, lo cual hace que cada vez sean más quienes ejercen como cuidadores, aunque no siempre ello se reconozca como trabajo.

Los datos de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) dibujan un escenario elocuente. En 2025, la relación de dependencia demográfica alcanzó 733 personas en edades potencialmente dependientes por cada 1 000 en edad laboral. Es decir, por cada 1 000 personas en condiciones de trabajar, hay más de 700 que, por su edad, requieren cuidado o apoyo, principalmente de la familia.

Ese peso tiene rostro de mujer. Históricamente, ellas han asumido la atención de niñas y niños, y de personas mayores o en situación de discapacidad. La invisibilidad de ese trabajo —no remunerado, no contabilizado, no compartido— constituye una desigualdad que debe tenerse en cuenta.
Y es que, en medio de las dificultades, conservar la esperanza y el amor no es un adorno sentimental, sino una forma tenaz de seguir defendiendo la vida.
Por otra parte, el dato demográfico se convierte en una alerta: urge una mejor y más responsable organización social —entre hombres y mujeres, entre las familias, el Estado y la comunidad— para que el desafío no se vuelva insostenible.
