Hay hombres cuya vida trasciende el paso del tiempo. Hombres que dejan de pertenecer únicamente a su familia o a su generación para convertirse en parte de la memoria de un pueblo.

Este 23 de junio, la sede del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias es, otra vez, espacio de tributo y despedida: bajo un silencio que parece detener las horas, el pueblo asiste a las honras fúnebres del comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez, fallecido el domingo último.
Una fotografía juvenil lo eterniza desde el pasado —barba y cabello negros, gesto firme y mirada hacia lo infinito—. Las condecoraciones, mudas pero elocuentes, cuentan al pie de la urna lo que ninguna palabra puede decir: una vida entregada por entero a su tierra.
Hay flores que, a ras de las cuatro de la tarde, parecen recién cortadas, al margen del calor. Ellas abren paso a hombres y mujeres que se detienen apenas, y el abrazo resulta breve, como suelen ser los últimos abrazos.

Así, hasta la hora que marcará el hasta siempre definitivo.
Afuera, la ciudad sigue su cotidianidad bajo el tórrido sol de junio, y muchos recuerdan a Ramiro: al joven de Artemisa nacido el 28 de abril de 1932, hijo de una familia de inmigrantes asturianos, que decidió arriesgarlo todo por la libertad de Cuba.

Bajo este cielo abrasador sigue viva la memoria: a intervalos —porque así lo permite el tiempo de electricidad e internet—, la televisión y las redes devuelven al hombre que despedimos hoy, uno de los asaltantes del Cuartel Moncada en 1953, el primero en penetrar en la fortaleza tras bajar la cadena que impedía el paso, el que sobrevivió a aquella gesta levemente herido, y pagó con prisión en el Presidio Modelo, hasta la amnistía de 1955.
Su camino continuó en el exilio mexicano, para ser uno de los 82 expedicionarios del Granma y testigo del desembarco el 2 de diciembre de 1956. En la Sierra Maestra, su figura se agigantó como segundo jefe de la Columna N.º 8 «Ciro Redondo», al lado del Che Guevara, durante la invasión de Oriente a Occidente.

Ramiro Valdés fue uno de los tres jefes históricos que participaron en las tres acciones decisivas para el triunfo de 1959: el Moncada, el Granma y la invasión. Tras el triunfo, ocupó cargos cruciales: segundo jefe de La Cabaña, jefe de la Seguridad del Estado y, en dos periodos, ministro del Interior.
También fue miembro fundador del Comité Central y del Buró Político del Partido Comunista de Cuba, y desempeñó roles como viceprimer ministro, ministro de Informática y Comunicaciones, y vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros.
La evocación supera los sortilegios entre la vida y la muerte. Ahora pienso en el Presidio Modelo, convertido ya en museo aquel día lejano de la década de los 90 del pasado siglo. Fue la única vez que vi en persona a Ramiro Valdés. Desde la escalinata le habló a los pineros. Inolvidables fueron su voz pausada y ese acento suyo tan familiar como un abrazo.
Entonces él tenía barba y cabello negros, gesto firme y mirada al infinito. Así lo vio el pueblo hoy desde una fotografía del pasado. También supo que, en unas horas, se cumplirá el último deseo del comandante: descansar en Santa Clara, junto al Che y sus hermanos de lucha. Se hará su voluntad, aunque él no haya creído en reposo posible.