En Cuba, el ciudadano común no cita fechas ni artículos. Pero hoy, cuando habla de independencia, injerencia o derecho a decidir el destino de su país, está dialogando con un fantasma que nació con el siglo XX: la Enmienda Platt, un grillete jurídico impuesto por Estados Unidos a este archipiélago.
Y el cubano vuelve sus pasos al 12 de junio de 1901, día de su aprobación.
El salón de la Asamblea Constituyente parecía una sala de juicios. Los delegados sabían que allí se votaba por el alma de la naciente república.
Afuera, en La Habana, los cañones estadounidenses aún apuntaban simbólicamente desde la bahía. Adentro, las palabras del comisionado que regresó de entrevistarse con el presidente McKinley —que diez días atrás había firmado el documento— retumbaban como una sentencia: sin la Enmienda Platt, el ejército de ocupación no se retiraría.
Un constituyente alzó la voz con una ponencia que devino profecía: «Solo vivirán los Gobiernos cubanos que cuenten con el apoyo y benevolencia del gobierno de los Estados Unidos […] en una palabra, solo tendríamos una ficción de Gobierno» —afirmó, con el pulso firme, y acaso con la mirada cansada.
No todos los presentes escucharon con el mismo recelo. Algunos sectores, más pragmáticos, comenzaron a hablar de una independencia «elástica», una fórmula que sonaba a claudicación para unos y a realismo para otros. La soberanía plena, decían, quizás podía postergarse en nombre del progreso y la estabilidad, subordinada a las exigencias del comercio y el orden internacional vigente.
Manuel Sanguily, patriota a toda prueba, resumió el dilema de su voto con una frase que quedó grabada en el acta: «un acto impuesto por la fuerza de los hechos». No era rendición, explicaba: era aceptar lo ineludible para que Cuba existiera, aunque fuera maniatada.
Una primera resolución de los asambleístas, que proponía adiciones al texto, fue rechazada con dureza por Washington. Las directrices eran claras: se acepta en su totalidad o los uniformes azules no se van.
Finalmente, por 16 votos contra 11, la Enmienda Platt fue aprobada e incorporada a la Constitución cubana. Entre aplausos tensos y rostros ensombrecidos, se selló el artículo séptimo, el más controvertido: la cesión de tierras para carboneras o estaciones navales en puntos que acordaría el presidente de Estados Unidos. Allí, en esa cláusula, nació la Base Naval de Guantánamo, que aún hoy perdura como una llave en manos ajenas.
El engendro jurídico estuvo vigente como Tratado Permanente hasta 1934, pero su sombra se alargó mucho más allá. No fue un episodio fortuito del proceso constituyente, sino la manifestación inaugural de un conflicto: el del naciente Estado cubano insertado a la fuerza en la órbita expansionista de Estados Unidos.
La independencia de Cuba dejó de ser un derecho para convertirse en un permiso. Y aunque los discursos hablaron de orden, modernización y tutela civilizatoria, lo que quedó flotando en el aire de la Asamblea fue el sabor amargo de una soberanía que no sería real.
Hace 125 años y el hecho sigue vivo en la memoria cada vez que un funcionario norteamericano cuestiona la legitimidad del actual Gobierno o impone condiciones, sanciona, coacciona y amenaza.
Más de medio siglo, y el cubano sabe que el fantasma de 1901 ha mutado, mas no desaparecido. La Enmienda Platt, y lo que significó, seguirán siendo un acicate para la soberanía.