Muchos fuimos los cubanos que, desde los tiempos de la secundaria, nos identificamos con Don Quijote de la Mancha, protagonista de uno de los hitos de la literatura universal.
Escrita por el dramaturgo español Miguel de Cervantes, la obra narra las aventuras de un hidalgo de 50 años llamado Alonso Quijano: caballero, recto, imaginativo y valiente. La saga caló de tal modo que a toda inclinación hacia lo íntegro y lo honesto en aquellas, nuestras escuelas, terminaron llamándole «quijotismo», como una seña de identidad con la justicia.
Hoy vuelvo a Don Quijote, dadas las circunstancias. «Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible», se dijo el hidalgo al contemplar el fracaso de sus ilusiones. Los impulsos a la hora de resolver entuertos le jugaban malas pasadas, se enredaba con sus locuras. Sus ideales de justicia y su esfuerzo por defender a los débiles ante la maldad quedaban ocultos bajo molinos de viento. Era la desmesura del caballero de lanza, adarga vieja y rocín flaco.
Muy distinta es la novela que vivimos. Quienes andan ahora como locos son los encantadores, entre tanto, el «quijotismo» (que se se quedó en la mayoría de nosotros) se aferra al sentido común y a la gente que va de su corazón a sus asuntos.
Hay que ser quijotes para empeñarse en defender la paz, la libertad, la fraternidad y los derechos; aspiraciones meridianas en este remolino de amenazas que originan foros y diálogos.
Quijotes. Y no es suficiente la cordura de Sancho. Quijotes de este tiempo convulso: lúcidos, sensatos como para saber que quienes invaden los cielos y cruzan los mares del mundo lo hacen para imponer nuevas formas de coloniaje.






