Era la madrugada del 15 de abril de 1961. Aviones con falsas insignias de las Fuerzas Aéreas Cubanas realizaron ataques sorpresivos a la base de San Antonio de los Baños y a los aeropuertos Antonio Maceo, de Santiago de Cuba, y de Ciudad Libertad en La Habana.
Era el preludio, la obertura de una invasión mercenaria: vuelos rasantes B-26 sobre los objetivos sentenciados a puertas cerradas en territorio extranjero; y el ruido aquel, tan diferente de los acostumbrados casi al amanecer en Cuba revolucionaria; y los líderes al mando de un pueblo listo para recibir armamento y salir a defender la patria.
Eduardo García Delgado era parte del pueblo. Él tenía las manos ásperas de quien ya sabía lo que pesa la vida antes de los veinte años.
Las calles de su natal Cienfuegos lo habían visto crecer; y lo vieron partir un día. Iba hacia La Habana para trabajar por el sustento familiar, y después se hizo miliciano. Era joven, pero en el pecho le cabía un país entero.
Cuando la agresión despertó los barrios, él ya estaba de pie. Ciudad Libertad le tocó como trinchera. La metralla no distingue de sueños. Y lo encontró esa madrugada, cuando el futuro recién comenzaba a dibujarse en su sonrisa.
El combatiente fue alcanzado por la metralla, pero todavía le quedaron fuerzas para, con su propia sangre, dejar constancia para la historia del sentimiento que hasta hoy mueve a los cubanos a entregar sus vidas por la soberanía de su tierra.
Así, cerca del cuerpo del joven, que contaba solo con 25 años de edad, quedó grabada en nítidas letras rojas la palabra FIDEL.
Hace 65 años. Allí, donde cayó Eduardo, sigue creciendo una tierra nueva. La misma que él imaginó con la mirada limpia de los pobres que aprendieron a ser libres.