El alto el fuego recientemente alcanzado en Gaza se tambalea después de que el Ejército de Israel reanudara sus ataques en el territorio.
Las voces noticiosas matutinas llegan mezcladas con cifras que superan los 200 muertos, entre ellos 46 niños y decenas de heridos.
La mañana es la hora en que casi todos se aprestan a salir a su rutina. Salgo del edificio dispuesta a alcanzar la avenida y con suerte encontrar una GAZelle. Infanta a las 9:00 antemeridiano está llena de ruidos, de grandes y pequeños rumores; pero hoy solo ellos llaman mi atención: jóvenes de batas blancas hablan entre sí un idioma que ya resulta familiar por la difusión del genocidio en Palestina.
Quizás para ellos hoy no es buen día para asistir al aula o al laboratorio en la Escuela Latinoamericana de Medicina, lo más seguro es que lo hagan por rutina. Y uno piensa en la rutina del mundo, tan distinta a la de ellos. La mayoría de las novedades fuera de Cuba repiten la barbarie, la desigualdad, la guerra y la soberbia de unos negociantes que acaban una y otra vez en las bombas.
Asistirán hoy al aula, al laboratorio, a una sala de hospital a pasar visita. ¿Cómo olvidar los disparos que día a día llenan de sangre aquel pueblo? ¿Cómo ser parte de un mundo que guarda silencio y vuelve a sus rutinas? ¿Cómo seguir con la vocación de sanar si pudieran tener el alma rota como casi todos olivos de su tierra?
Me hago muchas preguntas mientras los observo; y siento la necesidad hablarles, de conocer más acerca de ellos.
Con la fragilidad de quien sufre una situación difícil Hadi Jaradat aceptó, pero se hicieron fuerte las palabras en esta, su historia. Una historia que niega la indiferencia para defender que la solidaridad rebelde es el valor que nos hace mejores seres humanos.