La noche cae temprano últimamente. Es una época que no ayuda mucho con la luz. La Habana que camino de noche es un par de cuadras, la distancia entre mi casa y la de mi hija.
En las tardes voy a que nos veamos y a compartir consejos y puntos de vista sobre asuntos que nos importan como familia y como cubanas. Después de concluir que la realidad es muy preocupante, eso es indiscutible, echamos a volar las ilusiones, leemos; y comemos dulces, entre lo uno y lo otro.
Así se me acaba el sol y debo hacer el recorrido a la inversa. Son apenas unas cuadras. Hoy, al regresar, no están las señoras que vi sentadas hace unas horas en la acera devenida portal. Estaban al calor y la luz, y reían.
Ya en los hogares suele haber con qué alumbrar la vida puertas adentro después del ocaso. De soslayo, miro un poco hacia adentro y ahí están. Se mueven, puedo oír sus voces y una canción antigua, de las más hermosas del mundo.
Hay timbiriches abiertos con destellos que dejan ver. El lugar que ocupaban en la tarde las dos mujeres es ahora de dos muchachos, adolescentes casi. Ella, mulata de trenzas larguísimas; él, delgado y con un gorro hasta los ojos. Él, escuché, le aseguraba que iban a ser felices; la reacción de ella fue una pregunta ya indescifrable para mí al doblar la esquina.
Uno suele ir aprisa cuando se hace de noche. Ya subo por la avenida que me lleva a casa. Hay poco tráfico, aunque es temprano. Es a intervalos, pero el pavimento brilla, anaranjado. «Hola», me dicen al unísono dos hombres bien vestidos que bajan tomados de la mano, una pareja del mismo sexo, desconocidos que van quién sabe a dónde y saludan, como si llegaran.
Acá hay buenos ojos para las cosas importantes; para esas, las más sencillas. No se trata de refugiarse en detalles sublimes para huir de la realidad, sino de encontrar en lo más simple de la gente y su mundo las fuerzas suficientes para seguir creyendo en el mañana.
El apagón parece eterno. Casi llego a casa por un trayecto iluminado porque ya aprendimos a hacer la luz: la luz no se bloquea. Atrás queda el estadio Latinoamericano, el coloso sede de un griterío reciente que ni te cuento; quedan un hogar materno y un círculo infantil, instituciones estatales, donde se gesta y se cuida la vida, y que seguro abrirán sus puertas mañana, al amanecer.






