20 septiembre, 2021

En tres años de gobierno, Lenín Moreno ya ha pasado por tres vicepresidentes, ahora acaba de estrenar el cuarto y la pregunta es si su más reciente segunda mano llegará a final de mandato, previsto para mayo de 2021 o, al menos, hasta la primera ronda electoral de febrero de ese año, para no ponerle la meta tan lejana, porque parece un puesto de mal augurio.

En las dos primeras ocasiones, la vacancia estuvo asociada al fenómeno más extendido en la cúpula política de América Latina, particularmente después del destape de los Papeles de Panamá y del escándalo de sobornos de la multinacional Odebrecht, la corrupción; solo que el tratamiento recibido en esoscasosfue distinto. Hay que partir de un elemento central: en el país andino que alberga la mitad del mundo, el cargo de vice es de elección popular, no de designación. Es decir, los ecuatorianos deciden, en comicios que, por demás, son de carácter obligatorio, la fórmula presidencial que los gobernará por cuatro años. Ello indica que, para cesar de funciones al segundo hombre al mando, éste deberá presentar su renuncia o, si estuviera ausente de su labor por tres meses, sería inhabilitado por el Congreso, según establece la Constitución.

Pero sucede que,el primero de los vicemandatarios de Moreno,Jorge Glas, —con experiencia por dos mandatos anteriores como binomio de Rafael Correa—fue destituido mediante decreto presidencial por el mismísimo Lenín, quien enfilara sus cañones hacia él, convirtiéndole en el chivo expiatorio de la cruzada que emprendió contra su otrora aliado y correligionario Correa. Glas fue prácticamente etiquetado como el rostro visible de la corrupción que el hoy presidente le achacase a su predecesor, marcando una ruptura con el legado de la Revolución Ciudadana, distanciándose del proyecto de país y creando dos corrientes a lo interno del partido en el poder.

Glas no fue salvado de acusaciones que, como en casos similares en Latinoamérica, no han sido debidamente probadas y donde ha primado el uso de la justicia como arma política. Hoy día guarda prisión —con una condena de 6 años en las espaldas— a pesar de no haber tenido un juico conclusivo, y como señal de protesta a su condición y tratamiento —fue trasladado a una cárcel de máxima seguridad como si se tratase de un preso común con delitos de asesinato— ha emprendido huelgas de hambre que han quebrado en extremo su salud. Llegó, incluso, a sobrepasar los dos meses sin ingerir alimento, sin embargo, los signos peligrosos de debilitamiento no sirvieron de mucho para sus carceleros o decisores.

Poco después de la salida forzada de Jorge Glas, se hizo con el cargo María Alejandra Vicuña, quien hasta ese momento se desempeñaba como Ministra de Desarrollo Urbano y Vivienda. Como establece la Carta Magna ecuatoriana, fue seleccionada por el legislativo de una terna —tres candidatos— que propone el presidente, pero iba con ventaja al haber fungido como vicepresidenta encargada, también por decreto presidencial, en el corto período que Moreno cesó a Glas.

Vicuña ni siquiera pudo cumplir su primer año en funciones. Poco antes que finalizara 2018 fue señalada por recibir cobros ilegales, en ese mismo diciembre renunció. Casi al unísono de su salida, se comenzaron a publicar en medios locales cifras exactas y bienes relacionados con el presunto patrimonio no declarado por la exvicemandataria. Sin embargo, los pronunciamientos de Moreno sobre el tema fueron moderados, si se comparan con los esgrimidos durante el caso Glas. Se limitó a expresar que liberaba del cargo a la señora María Alejandra para que «pudiera ejercer sin interferencias su derecho a la legítima defensa». No sucedió así con el antecesor de Vicuña, a quien Lenín no dudó en imputar mucho antes de una sentencia en firme. En enero de 2020, la funcionaria cesada fue procesada y declarada culpable por concusión, lo que se traduce en exigir dinero a al menos tres colaboradores de la Asamblea Nacional, mientras era legisladora. La sentencia, aunque bastante atenuada, incluyó un año de cárcel y un pago por concepto de indemnización.

Para solucionar el vacío legal que por segunda vez se daba, se pusieron otros tres nombres sobre la mesa a disposición de la votación parlamentaria: Otto Sonnenholzer, Nancy Vasco y Agustín Albán, cual de todos levantó más polémica porque muchos los consideraron tres perfectos desconocidos en el ámbito político, pues no pertenecían a ningún partido nacional, y sus raíces estaban en el sector empresarial. De hecho, inmediatamentesaltaron las alarmas pues los conglomerados de al menos dos de estas personas, Sonnenholzer y Vasco, habían tenido contratos con el Estado, que ahora salían a la luz pública en busca de verificar su completa legalidad, y el tercero, Albán, residía en el extranjero y no tributaba fiscalmente en Ecuador. Sin embargo, Lenín Moreno aseguró entonces que todos tenían un pasado transparente.

Aun en medio de la resistencia y de las numerosas críticas a los postulados, salió victorioso el favorito, el economista devenido periodista Otto Ramón Sonnenholzer Sper. Con 35 años, de ascendencia alemana y director de una emisora radiofónica en Guayaquil, asumió el 11 de diciembre de 2018 la vicepresidencia de la República tras obtener el voto de 94 miembros, de un parlamento unicameral de 137 curules, para completar el presente cuatrienio de gobierno. Hubo 27 votos en contra y 7 abstenciones en una sesión en la que estuvieron presentes solo 128 asambleístas.

Y cuando parecía que el elegido era esta vez el ideal, abandona el barco 8 meses antes de cumplir con su compromiso en la dupla de gobierno. Si bien le acechó todo el tiempo la sombra de la corrupción, como a sus predecesores, sorteó con éxito las amenazas y las mantuvo a buen recaudo, jamás lograron traspasar la barrera de la simple duda. Sonnenholzer esgrimió razones personales para salirse del cargo, pero entre líneas dejó clarísimas sus ambiciones, ahora iba a por la máxima silla, después de saborear de cerca el poder. Se vendería como presidenciable, y para asegurar el triunfo, debía desmarcarse cuanto antes de una gestión tan podrida como caótica, a cargo de Lenín Moreno.

La vice de turno vuelve a ser otra mujer, reciclada antes en varios puestos de no mucha envergadura y la de menores posibilidades a simple vista dentro de la terna propuesta por Moreno a la Asamblea. La pésima imagen que rodea a la gestión oficialista terminó por impactar negativamente en María Paula Romo y Juan Sebastián Roldán, los candidatos que compitieron con María Alejandra Muñoz, investida finalmente como la nueva mano derecha del presidente. Particularmente, Romo ha visto caer en picada su popularidad por sus comentarios y acciones en torno a la crítica situación que ha provocado la pandemia en Ecuador.

Las aguas no quieren tomar su nivel. Desde la asunción de Moreno, el país permanece bastante dividido, prima la inestabilidad política, las renuncias de funcionarios públicos, las protestas populares por paquetazos económicos, el descrédito hacia la elite en el poder, la cruzada contra el correísmo y, para coronar la crisis, la COVID-19 dio el toque de gracia a una gestión en franca decadencia.

 

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