¿Quién se queda con el poder en Bolivia?

Desde el golpe de estado a Evo Morales el pasado año, la fecha para nuevos comicios que devuelvan algo de institucionalidad a Bolivia sigue siendo la guinda del pastel.

Desde el golpe de estado a Evo Morales el pasado año, la fecha para nuevos comicios que devuelvan algo de institucionalidad a Bolivia sigue siendo la guinda del pastel. Primero se fijaron para el 3 de mayo del presente año, pero la pandemia que viró el mundo al revés, también acabó con las ansias de democracia de los bolivianos, al tiempo que resultó ser hasta conveniente para un ejecutivo de facto que se aferraba cada vez al poder usurpado.

Desde el golpe de estado a Evo Morales el pasado año, la fecha para nuevos comicios que devuelvan algo de institucionalidad a Bolivia sigue siendo la guinda del pastel. Primero se fijaron para el 3 de mayo del presente año, pero la pandemia que viró el mundo al revés, también acabó con las ansias de democracia de los bolivianos, al tiempo que resultó ser hasta conveniente para un ejecutivo de facto que se aferraba cada vez al poder usurpado. Más recientemente, se fijaron para el 6 de septiembre, pero hay indicios de querer posponerla nuevamente.

Treinta y tantos muertos después, la acción golpista se volvió una realidad irreversible, como también la salida del panorama político —y suelo— boliviano de Evo Morales, quien mantuvo su condición de presidente del país, aún en el exilio, hasta tanto la Asamblea aceptó su carta de renuncia.

Han transcurrido casi 9 meses y todavía resulta sorprendente la velocidad con que se dieron los hechos y la factibilidad del plan de desbaratar la nación plurinacional y económicamente estable que el primer mandatario indígena configuró. A estas alturas, ya no sirve de mucho escudriñar razones, sino enfocarse en el futuro inmediato, ese que comienza con otro ejercicio del voto, y que tiene un antecedente tan nefasto como el del 20 de octubre de 2019.

Las nuevas elecciones están muy lejos de ser la clave para devolverle la estabilidad real al país y a la vez son la única salida posible al período de gobierno de facto, así de paradójico. Y es que el mentado sufragio está organizado por el equipo golpista que ya se encargó de impedir la participación del mandatario depuesto, a todas luces, el candidato más votado en los últimos 3 lustros. También, de elegir jueces electorales nada imparciales y trazar las reglas del juego afines a inclinar la balanza, obviamente a favor del bando anti Morales. Todo ello es secundario ante una certeza como roca: la historia no recoge ningún golpe de estado en el que sus autores hayan permitido el regreso inmediato de la fuerza derribada, así no más, respetando la democracia.

Por tanto, el Movimiento al Socialismo, la plataforma izquierdista de Evo, tiene por delante una carrera con obstáculos donde compite en calidad de tortuga coja frente a la constelación de liebres sedientas de triunfo. Justamente, las ambiciones individuales de poder de los aspirantes de derecha, que les impide unir fuerzas para enfrentarse al MAS, son la mejor, sino la única arma que tiene el frente progresista para recuperar las riendas de la nación.

Conocerse la dupla masista y enredarlos en un proceso judicial fue la misma cosa. No pasaron ni 24 horas de que el movimiento lanzara los nombres de Luis Arce y David Choquehuanca para que aparecieran acusaciones de corrupción amenazando con inhabilitarlos y repetir la historia de Lula en Brasil.

En lo que el «lawfare» —así se nombra actualmente al uso de la ley como arma de guerra—  hacía lo suyo, se iba adelantando la tarea promoviendo divisiones que permitiesen socavar las bases electorales de izquierda. Es así que la derecha aprovechó algunos desencuentros que se dieron entre los distintos gremios que componen el MAS en la selección de los herederos de Morales y Linera. Es sabido que se manejaron 4 nombres: Arce, Choquehuanca, Andrónico Rodríguez y Diego Pary. Pero trascendieron cuestionamientos internos de la reunión en la que se eligió el binomio y estas discrepancias se magnificaron.

Se quiso presentar un cierto favoritismo de Evo por el joven Andrónico, a quien no pocos veían como el sucesor natural del expresidente indígena, pero que no tuvo el respaldo mayoritario. Por otro lado, se conoció del fuerte lobby que realizaron los sindicatos cocaleros e indígenas para posicionar a Choquehuanca como candidato a la presidencia y no como segundo, así como de su resistencia a que los representase un «hombre blanco» y no un líder de los pueblos originarios.

Ante tal escenario, Evo Morales ha insistido en la eficacia probada de una fórmula que combine saberes ancestrales con la sapiencia moderna de ciudad y academia, la combinación de «campo y ciudad» que estrenaron él y su vicepresidente Álvaro García Linera y que encuentra continuidad con Arce y Choquehuanca.

Luis Arce es visto no solo como la garantía de mantener la senda de éxito económico sin recurrir a recetas neoliberales, sino un contendiente más moderado dentro de los suyos, con un perfil perfectamente competitivo ante el racismo y el odio al nativo que ha promovido la derecha y exacerbado la cúpula golpista. El excanciller boliviano, como su acompañante en esta carrera, le proporciona el contrapeso perfecto, atrae a los votantes indígenas y lo complementa con su experiencia e influencia diplomática.

No puede generarse desde ahora una confianza ciega en las encuestas aún y cuando indiquen un claro favoritismo hacia el MAS, como han venido mostrando algunos sondeos desde hace un buen tiempo. Evo era el claro ganador de los últimos comicios en estudios de intención de voto y finalmente en el sufragio real. Y ya ven cómo terminó siendo obligado a renunciar. Hasta la mañosa auditoría de la Organización de Estados Americanos tuvo que admitir que ganó en primera vuelta por un estrecho margen, pero victoria al fin y al cabo. Solo bastaron un par de frases de comodín como «irregularidades», «manipulación dolorosa» o «parcialidad de la autoridad electoral» para poner en duda la veracidad inocultable de las actas contabilizadas.

En la elección venidera, todo estará diseñado para que pierda el binomio lanzado por Morales. El orden de acciones podría ser más o menos así: primero, intentar la inhabilitación por la vía jurídica; luego, proceder a la intimidación a lo Pablo Escobar como ya ensayaron durante el golpe; para finalmente cometer ellos el fraude —que tanto le endilgaron a Evo— cuando se sepan en desventaja. Es de esperar también que las calles vuelvan a ser militarizadas para hostigar a cuanto simpatizante masista se le ocurra algún tipo de manifestación, si bien la COVID-19 ha ayudado también a censurar la rebeldía popular.

La cacería y persecución política deben arreciar en la recta final. El primer encarcelado cuando comenzó la cruzada contra todo vestigio de la administración destituida fue el exministro de gobierno Carlos Romero, y a Evo que ni se le ocurra salir de su refugio en Argentina porque está acusado de terrorismo y sedición.

Del otro lado persiste la emulación por el trono entre el gran perdedor del 20-O, Carlos Mesa y el devenido «héroe evangélico» de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, el rostro más agresivo y ponzoñoso que pudo verse en las jornadas golpistas. Y a estos dos han intentado infructuosamente hacerle sombra viejos conocidos de los bolivianos como el expresidente Jorge «Tuto» Quiroga y políticos de nuevo tipo, al estilo outsiders, como el coreano-boliviano Chi Huyn Chung.

Y entretanto, la rubia pintada que reniega de sus semejantes saborea el poder que le prestaron y busca seguir prorrogándolo lo más posible, contrario a lo que le habían mandatado. La autoproclamada boliviana, Jeanine Áñez, tenía la misión de allanar el camino para el «elegido», no el de las urnas, sino el que ya estaba pensado y aupado por los mismos autores intelectuales de la salida de Evo, pero le cogió el gusto al sillón presidencial, traicionó a quienes la colocaron allí y ahora quiere ser esa «elegida».

La derecha tiene dos salidas: unirse en coalición, lo que parece difícil en medio de tantos egos, y planear un fraude mucho mayor que el del 20 de octubre pasado, lo cual luce más evidente y apunta a ser el camino ya perfilado.

 

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