26 septiembre, 2021

La Covid-19 ha puesto a prueba el sistema de salud mundial

Está demostrado que hay tres elementos que hacen más vulnerable a alguien de contagiarse: la edad, y tener condiciones pre-existentes de salud. Pero hay un tercero: pertenecer a grupos de bajos ingresos.

Está demostrado que hay tres elementos que hacen más vulnerable a alguien de contagiarse: la edad, y tener condiciones pre-existentes de salud. Pero hay un tercero: pertenecer a grupos de bajos ingresos.

Está demostrado que hay tres elementos que hacen más vulnerable a alguien de contagiarse: la edad, y tener condiciones pre-existentes de salud. Pero hay un tercero: pertenecer a grupos de bajos ingresos.

La rápida transmisión de la COVID-19 ha puesto en jaque los sistemas de salud de varios países del mundo, y evidencia que cuando la atención sanitaria está enteramente privatizada, la respuesta es aún más lenta e ineficiente.

Aunque muchos gobiernos se esfuerzan por interrumpir el contagio, esta crisis revela que el no tener acceso a la salud, aumenta el contagio, y por tanto la mortalidad.

El contexto los síntomas socio-económicos que ha destapado el coronavirus en cuanto a cómo los países enfrentan esta emergencia.

Durante muchísimo tiempo escuchamos en varios países del mundo que la mejor solución para el sistema de salud era la privatización. Es más barato, dicen algunos, el privado es más eficiente que el estado, dicen otros.

Decían que en Chile había un milagro, por lo bien que iban las cosas después de la dictadura, y ahora no hay quien pague un medicamento. Este nuevo coronavirus ha puesto en evidencia que todo eso es mentira.

Ni es más barata la atención privada de salud, y debilitar los sistemas públicos genera más problemas. Varios medios han publicado artículos que quizás no son los que más se leen, pero que revelan cómo esta pandemia ha sacado el peor rostro del sistema capitalista, como The Guardian y The New York Times.

Por ejemplo, está demostrado que hay tres elementos que hacen más vulnerable a alguien de contagiarse: la edad, y tener condiciones pre-existentes de salud. Pero hay un tercero: pertenecer a grupos de bajos ingresos.

Algunos ejemplos: en Japón los taxistas están sin trabajo, la gente en cuarentena, pero el estado, que preserva allí alguna ayuda al trabajador, subsidia esta baja en la demanda para evitar el desempleo, no es el caso en Estados Unidos, donde no es obligatorio por ley pagar por baja de enfermedad.

En EE.UU. los trabajadores de bajos ingresos están desprotegidos

Otras experiencias vienen de los trabajadores de supermercados, o restaurantes, trabajos que no se pueden hacer a distancia, que ya estaban en salarios bajísimos, y que ahora se ven obligados a no trabajar, y por tanto no cobran.

Muchos de los trabajos que pueden hacerse desde el hogar, son trabajos profesionales, realizados normalmente por la clase media.  A nivel mundial, las personas que ganan menos, o que no ganan tienen menos acceso a la atención de salud, a la educación, y tienen más probabilidades de desarrollar enfermedades crónicas como la hipertensión o la diabetes, eso no lo digo yo lo dice la OMS, y además no es que pase en Sudáfrica o en Chile, pasa también en Londres, y en la Italia, esa que es rica en el norte, y pobre del sur.

La desigualdad mata, vulnera derechos humanos elementales, temas que han advertido una y otra vez activistas, políticos o personas de bien que han sido desoídos ante la fuerza del mercado. En algunos países el coronavirus se ha aliado con la inequidad para armar una tormenta perfecta, y sí hay países en los sistemas de salud mandan a la gente para la casa, con síntomas respiratorios, porque no tienen capacidad para asumir la carga que supone esta pandemia.

Y aclaro no es que afecte a pobres nada más, esto no entiende de fronteras: se contagia Michel Barnier, el jefe negociador del Brexit por la Union Europea, el actor estadounidense Tom Hanks y su esposa, Idris Elba, el popular actor británico, la esposa de Justin Trudeau, primer ministro canadiense, Sofía, o el representante del congreso estadounidense de origen cubano Mario Díaz Balart, que dice que no sabe ni cómo se contagió.

Y es que este no es un problema que se queda de un solo lado, no tiene fronteras, es la característica que tienen las emergencias sanitarias, son un problema de todos. Esta crisis confirman realidades que antes parecían opiniones políticas: los estados fuertes que tienen recursos y voluntad para enfrentar la salud como un derecho humano de primer orden asumen estas crisis mucho mejor que otros.

Más ejemplos, en Argentina hasta hace tres meses no había ministerio de salud pública, hoy encontraron en un almacén muchísimos recursos sanitarios olvidados en un almacén que el gobierno de Macri no usó y dejó cogiendo polvo. En Bolivia, no saben cómo lidiar ya no con el coronavirus, sino con el dengue, ese que no se va de nuestros países, y que tanto esfuerzo cuesta controlar, pero ahora es un país sin médicos cubanos, y con un sistema público desatendido.

En China la historia fue distinta, una película con un final feliz. Ya lo hemos hablado, pocos países podían haber asumido este desafío como lo hicieron allí. También está Cuba, un país pobre, pequeño, pero con un sistema de salud sólido, que va desde la atención primaria, en ese médico o enfermero de la familia que ahora mismo anda interrogando a cada viajero que le llegó al barrio, hasta un IPK, uno de esos institutos que demuestran que la ciencia de primer nivel puesta al servicio de salvar vidas no es una realidad de películas o series estadounidenses nada más.

Y entonces en este contexto, los países del primer mundo, no pueden con esto, y los números de contagios y fallecidos crecen por día.  Allí donde el neoliberalismo dictó que mientras más chiquito el presupuesto para la salud mejor iría la economía, el coronavirus se transmite a sus anchas.  El presidente estadounidense hereda un sistema de salud fallido al que le suma su ineptitud. Empezó por decir que era una gripe, que lo de los mercados era por el precio del petróleo, que todo esto eran cosas los demócratas, para echarle arriba un problema.

Desde que dijo todas estas mentiras, a finales de febrero, en Estados Unidos hay ya casi seis mil casos confirmados, y unas 105 muertes por la COVID-19. Esto según la base de datos de John Hopkins, universidad y hospital, confiables hasta cierto punto, porque allí en la economía más grande del mundo los médicos se quejan de que no tienen reactivos para hacer la prueba, por tanto no saben bien cuántos contagios realmente hay, aunque ya se reportan casos en los 50 estados de la unión.

Trump ha hecho lo que sabe hacer: tratar de comprar una vacuna alemana para uso exclusivo de los estadounidenses.  No de todos, de los que puedan pagarlo. Los alemanes le salieron al paso molestos, y es que no todo el mundo tiene precio.

Dicen que dictar la emergencia nacional y aplicar fondos para una cosa o la otra aligera la situación, pero el Miami Herald contaba una historia de un joven de origen cubano que fue a hacerse la prueba tras llegar de viaje, se la hicieron, y luego le llegó una factura de más de (GRÁFICA) tres mil dólares. En Estados Unidos 30 millones de personas no tienen seguro médico.

No lo digo yo, el ex secretario de salud de Bill Clinton escribió en el diario The Guardian: “En lugar de un sistema de salud público, tenemos un sistema privado con fines de lucro para las personas que tienen la suerte de pagarlo y un sistema de seguro social desvencijado para las personas que tienen la suerte de tener un trabajo a tiempo completo”.

Un artículo del diario argentino página 12 invita a pensar el coronavirus como un desafío a lo que ha de significar el estado para un país, porque el sentido común indica que es muy difícil imprimirle al mercado un sentido de responsabilidad social, sobre todo allí donde el rico, las grandes compañías son las prioridades del gobierno.

Ningún país es perfecto, y como están las cosas ahora no es responsabilidad del mandatario de turno, pero ojalá y cuando se trascienda la emergencia, se mande a callar a los voceros de la privatización absoluta, a los defensores a ultranza del neoliberalismo, y se piense más en cual es la función de un estado.

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Periodista del Sistema Informativo de la Televisión Cubana y Canal Caribe

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