Gerardo Abreu (Fontán), una leyenda de la lucha clandestina

Fontán asume la dirección de las brigadas del 26 de julio en La Habana. Su actividad tan intensa atrae la atención de la tiranía, que empieza a perseguirlo con saña.

Fontán asume la dirección de las brigadas del 26 de julio en La Habana. Su actividad tan intensa atrae la atención de la tiranía, que empieza a perseguirlo con saña.

Fontán asume la dirección de las brigadas del 26 de julio en La Habana. Su actividad tan intensa atrae la atención de la tiranía, que empieza a perseguirlo con saña.

Sus primeros años

Nacido en Santa Clara el 24 de septiembre de 1932, Gerardo Abreu (Fontán) desde su adolescencia trabajó como aprendiz de carpintero, vendedor de viandas, trabajador de una imprenta, locutor, poeta, declamador y organizador de grupos de aficionados de distintas manifestaciones artísticas.

A partir de 1951 sus inclinaciones artísticas lo llevaron a actuar en la emisora Radio Mambí, trabajando, además, en distintos clubes y cabarets, declamando versos afrocubanos, haciéndose llamar entonces, “Gerardo Marín, el alma del verso negro”.

Su vida cambiaría a partir de los finales de 1956, en que inmerso en las tareas revolucionarias, estuvo presente en las reuniones que sostuvieron Faustino Pérez y Frank País, enviados por Fidel a la capital a fin de organizar el Movimiento 26 de Julio, como hicieron en otras provincias.

Hombre de hablar pausado, de ademanes seguros, firmes y educados, arriesgado y sin miedo alguno a sus represores, había burlado no pocas veces a los cuerpos policíacos.
Combatiente de acciones arriesgadas demostró ser un inigualable organizador. Con apenas 20 años al producirse el golpe de estado del 10 de marzo, decide buscar como luchar contra la tiranía. Se vincula al Partido Ortodoxo y dentro de sus filas llega se un prestigioso dirigente de base.

Un año más tarde, después de los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, participó en la campaña para lograr la amnistía de los moncadistas encarcelados.
Conoce y se une a Ñico López, participante en el asalto al cuartel de Bayamo que logró no ser detenido y quien, por orientación de Fidel, comenzó a organizar las brigadas nacionales del 26 de julio, en la capital.

Ñico le encarga responsabilidades relacionadas con la labor de propaganda y logra que aparezcan en las calles letreros con consignas revolucionarias, algunas de las cuales todavía han sobrevivido en viejos muros.

Cuando Ñico parte hacia México para enrolarse en la expedición del Granma, Fontán asume la dirección de las brigadas del 26 de julio en La Habana. Su actividad tan intensa atrae la atención de la tiranía, que empieza a perseguirlo tenazmente.

Tiene que sumergirse en la más absoluta clandestinidad y va conquistando la admiración, respeto y el cariño de los restantes dirigentes del Movimiento y de los hombres que combatían bajo sus órdenes.

La Noche de las 100 bombas

Con el objetivo de mostrar al mundo el nivel de insurrección que reinaba en el país, en la capital se organiza ¨La noche de las 100 bombas¨. Gerardo estuvo entre quienes les entregaron la dinamita a los diferentes distritos.

Fueron tan intensas las actividades revolucionarias que realizó Fontan, que lo convirtieron en uno de los combatientes más buscados por la policía batistiana. Foto: Archivo
Fueron tan intensas las actividades revolucionarias que realizó Fontan, que lo convirtieron en uno de los combatientes más buscados por la policía batistiana. Foto: Archivo

Fontán participó en la colocación de tres de ellas: una en la casa de un político que vivía en la calle Refugio, entre Industria y Crespo, vivienda que era frecuentada por el alcalde Justo Luis del Pozo, pues el individuo que en ella residía era su secretario. Una segunda en la tienda «El Collar», situada en calle Águila y Neptuno; y la tercera en la esquina de Colón y Consulado, al lado de una farmacia.

Captura y asesinato del líder revolucionario

Fontán debía ir a una reunión en la Escuela Normal para entregar a los compañeros de esa célula estudiantil unas proclamas y un paquete de tachuelas, que se utilizarían en unos sabotajes. Pero ya desde noviembre de ese año la policía conocía su verdad identidad.
En el momento en que Gerardo descendía de un ómnibus en la calle Infanta, subía a este Pablo Nurque, el agente del Buró de Investigaciones que había detenido a Fontán con anterioridad.

Fontán le dio un empujón y lo tiró al suelo, pero el agente, que sabía perfectamente a quien perseguía, le siguió el rastro, disparándole hasta capturarlo.
Casualmente pasaba por el lugar un carro de la policía perteneciente a la Novena Estación, y en él lo conducen a ese centro represivo.

Sus compañeros presentaron un Hábeas Corpus ante los tribunales y movilizaron a la prensa. Sin embargo, todos los esfuerzos resultaron infructuosos. Los esbirros no perdieron tiempo: lo asesinaron cobardemente.

Pese a la salvaje tortura no delató a nadie

Al día siguiente de su detención, el 7 de febrero de 1958, su cadáver apareció tirado en los terrenos del antiguo Palacio de Justicia, hoy sede del Comité Central del Partido. En él, se advertían claramente las huellas de las más horrendas torturas.
Más tarde se supo que el conocido asesino Miguelito (El Niño), traidor al movimiento revolucionario, se ensañó disparándole en los brazos y el pecho con un arma de pequeño calibre. Después, su cuerpo fue acribillado con 15 balazos.
Tenía, además, 57 punzonazos. Le habían cortado la lengua. Y sus órganos genitales estaban despedazados. A pesar de haber sufrido tan cruentas torturas, Fontán ni habló, ni delató a nadie. Los esbirros no pudieron arrancarle ninguna confesión, ni siquiera reconoció que él era Gerardo Abreu (Fontán).

Placa que recuerda uno de los lugares donde se ocultó Fontán, en La Habana. Foto: Archivo
Placa que recuerda uno de los lugares donde se ocultó Fontán, en La Habana. Foto: Archivo

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